jueves, 8 de octubre de 2009

Nieve sucia /y 2

— Ayúdame —balbuceó mientras la sangre le resbalaba por la barbilla.
— ¿Dónde lo tienes? —preguntó el guardia con un hilo de voz cortante.
— Por favor, ayúdame —repitió el herido. Como si recordara algo giró la cabeza hacia el coche y volvió a mirar a Matías—. ¿Cómo está ella?
Matías ignoró la pregunta. Se inclinó sobre el herido. Sus labios casi rozaron la magullada mejilla del hombre.
— Responde. Y rápido. Si no avisamos a los de urgencias no vais a durar mucho —susurró despacio, poniendo de manifiesto lo obvio.
— Eres un hijo de puta —dijo el herido tratando de escupir su odio en el rostro del policía. Matías se incorporó y se acercó al vehículo. Lo rodeó despacio, como si estuviera valorando su futura adquisición. Se detuvo delante del asiento del copiloto y miró hacia la carretera; sólo se veían las ráfagas de emergencia del coche patrulla. Desenfundó su pistola y apuntó hacia el cuerpo de la mujer a través del parabrisas destrozado. De la garganta del hombre manó un grito en el que se mezclaban una negación desgarrada y un sollozo sin esperanza. Matías regresó a su lado, apoyó una rodilla en el barro y repitió la pregunta.
— ¿Dónde está?
— En el maletero. Ahí lo tienes —respondió abatido. La cabeza del hombre se derrumbó. La frente se marchitó sobre la tierra negra y sus lágrimas se desbordaron sobre el fango helado. No había mentido. Matías sopesó la bolsa de deporte y la abrió. Un rápido vistazo hizo que sus ojos se endurecieran con el brillo del triunfo. Volvió donde el hombre y de un fuerte culatazo en la cabeza lo dejó inconsciente.
El agente lanzó un suspiro prolongado que se quebró en un amago de risa. Recuperó la chapa que había arrancado de la carrocería y con tres golpes certeros desgarró la piel y el músculo hasta seccionar la arteria femoral del hombre. El chorro de sangre trazó un arco y su vida se perdió en la oscuridad de la noche, más allá del cono de luz blanca de la linterna. Una muerte rápida. Unos minutos impacientes y todo había acabado.
Matías miró hacia lo alto del terraplén; el vehículo policial continuaba disolviendo la realidad a su alrededor. Dio una voz de aviso e hizo una señal hacia su compañero.
— ¡Germán! ¡Ya lo tengo! Baja y échame un cable… Éste aún vive…
Germán se llevó la mano a los ojos tratando de esquivar la vena blanca que le apuntaba desde el fondo del barranco; hundió los pies en la nieve sucia y comenzó a descender.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Necios

"El problema que aqueja al mundo es que los necios y los fanáticos siempre están seguros de sí mismos, mientras que los sabios siempre están llenos de dudas."
Bertrand Russell

"En presencia de un necio sin fisuras estamos perdidos."
Norman Mailer

Nieve sucia /1

El coche patrulla se detuvo en el arcén con un frenazo nervioso. Dos guardias descendieron del vehículo; sus miradas penetraron en las volutas de azar que escapaban de sus labios y volaron hacia el silencio blanco y pesado que ocupaba la noche. El crujido de la nieve bajo sus botas rebotó en un cielo negro que se derramaba indiferente a su alrededor. Los vapores del tubo de escape reptaron por el asfalto bruñido, se enroscaron en las piernas de los hombres, y cabalgaron por el aire helado hasta fundirse con el alba de los faros.
El conductor hizo un gesto afirmativo con la cabeza y se aproximó al lugar en el que un tramo de quitamiedos había desaparecido; su compañero se quedó atrás, atento a los chasquidos de la emisora de radio y a la carretera.
—¿Cómo están, Matías? —gritó desde más allá del velo pálido de su aliento.
Matías iluminaba con una linterna la barranca. Restos metálicos punteaban el desmonte; en la vaguada descansaba el coche que habían estado persiguiendo durante la última media hora.
—¡Matías, joder! ¡Contesta! —insistió de nuevo el agente con un asomo de histeria en su voz.
—No lo sé, Germán, y deja de gritar. Tú ocúpate de espantar a cualquiera que pase por aquí —respondió Matías. Se dio la vuelta y le miró. Sus ojos sin párpados reflejaron el frío. Los destellos crudos de las luces de emergencia intensificaron la rigidez de su rostro—. Dame diez minutos y después avisa a las asistencias médicas.
Matías devolvió su atención a lo que sucedía en la hondonada. “Tocas a muerto, cabrón”, apenas murmuró el agente; los golpes que partían del automóvil accidentado sonaban como los tañidos de una campana resquebrajada. La puerta brincó y se desprendió de sus goznes. Desde la oscuridad del caparazón abollado salió un hombre tambaleándose. Dio unos pocos pasos a la deriva, cayó de rodillas y se derrumbó sobre la tierra congelada.
Matías salvó de un salto la valla destrozada y bajó por el talud. El halo de la linterna se difuminaba hasta desvanecerse para amanecer después con fuerza, escoltando los pasos y resbalones del policía por entre el barro y la nieve. Ignoró al hombre caído y se acercó a la puerta del acompañante. Echó un vistazo al interior; la mitad del trabajo ya estaba hecho. Deslizó el haz del foco sobre los restos humeantes del vehículo hasta que encontró lo que buscaba. Con dos bruscos tirones consiguió desgajar una tira metálica de la carrocería.
El conductor parpadeó al percibir el chorro de luz sobre su cara; tenía un corte profundo en la pierna derecha; el brazo del mismo lado se doblaba en una forma poco natural. Una fuerte patada en el vientre, y el hombre se vio arrojado al frío y a la negrura. Los ojos se le despeñaron entre las sombras de la incomprensión cuando vieron su brazo muerto oscilar como un badajo sin voz.

lunes, 5 de octubre de 2009

El loro que olvidó hablar

El loro paseaba triste y pensativo por las almenas de la torre más alta del castillo. Era un loro viejo, y por viejo, quizá también sabio. Así, había conseguido la sabiduría que sólo se adquiere con la tristeza como amiga y la soledad como refugio.

Aprendió a hablar con un pirata de barbas trenzadas y teñidas de añil, hace muchos años, cuando no era un loro viejo ni, quizá, sabio. Al principio sólo sabía decir “Al abordaje” y “Sin piedad”. Con el tiempo aprendió frases más complicadas y amenazadoras. Cuando los soldados del rey capturaron el barco pirata y colgaron a su dueño, le pareció oportuno, y quizá sabio, cambiar el tono de su conversación.

Después de varios días de orfandad, durante los cuales revoloteó desde la cofa al bauprés, desde bauprés al trinquete y vuelta a la cofa temiendo por su vida, rehuyendo las miradas aviesas, y quizá hambrientas, de los marineros, la hija del capitán que había ajusticiado al pirata se encariñó con él. Lo recogió con sus manos pequeñas y cálidas, y lo llevó a la fortaleza donde vivía con su padre en la Isla de Poniente.

El loro se enamoró de la niña. Un amor quizá imposible, y seguro desesperado, porque entre los piratas no había aprendido jamás palabras de amor con las que acariciar sus hombros. El loro pensó que si le decía algo como “Te voy a cortar el cuello”, ésta lo expulsaría de su nuevo hogar. Y si le llegara a oír el capitán entonces serían sus plumas, y quizá su vida, las que peligrarían. Así que el loro enmudeció. Durante muchos años no abrió el pico, y todos en la ciudadela se fueron olvidando de él. También la niña. Y de igual manera el loro fue olvidando aquellas frases salvajes, pero a cambio nunca aprendió a hablar de amor.

Con el tiempo la niña creció y se convirtió en una joven casadera. Y pronto apareció un pretendiente.

La mañana en que ambos partían hacia la Isla Grande, el loro pronunció sus últimas palabras; las únicas que, quizá, aún no había olvidado; las últimas que dijo el pirata antes de pender de la soga. “Os maldigo”, gritó el loro. Desde aquel momento su vida, además de triste y solitaria, fue la de un fugitivo. El capitán le persiguió con saña y el loro solamente pudo salvarse volando hasta la torre más alta, fuera del alcance de pistolas y arcabuces. Desde allí vio cómo el barco en el que partían la niña y su prometido era asaltado por corsarios y se hundía entre llamas y olas. Nadie se salvó. Tampoco la niña.

El capitán y su séquito, desolados, abandonaron para siempre el castillo unas semanas más tarde, pero el loro nunca voló a otras tierras. Aún se pasea triste y pensativo por las almenas; y trata de encontrar una palabra que, quizá, no exista; una palabra que ya no servirá de nada.

domingo, 4 de octubre de 2009

... de Khadra

"Ya era puro milagro que apareciéramos vivos, y de noche, cuando nos disponíamos a dormir, nos preguntábamos si no sería mejor cerrar los ojos de una vez por todas [...]"

"Los hombres sólo inventaron a Dios para entretener a sus demonios."

"Cada hombre es su propio dios. Al elegir a otro es cuando reniega de sí mismo y se vuelve ciego e injusto."

Yasmina Khadra









jueves, 1 de octubre de 2009

En el espejo


"Adiós -dijo el moribundo al espejo que tenía enfrente-. No volveremos a vernos"
Paul Valéry

Durante las últimas semanas, cada vez que miraba el espejo y en él contemplaba reflejada la imagen del cuadro, veía ir creciendo esa estructura, difusa al principio. Al terror de ver aparecer en la imagen algo distinto y no existente en el original, inmutable entonces y ahora, se sumó el reconocimiento de aquello que allí crecía. Un patíbulo. Noche a noche he contemplado el reflejo del cuadro, anhelando sorprender a sus constructores, pero siempre he sucumbido al sueño o al hechizo. Esta noche era la última, lo sabía. El patíbulo ya está terminado. La gente ha desaparecido de la plaza. Sólo una figura solitaria permanece, en actitud claudicante y humillada, ascendiendo las escaleras del cadalso. Sé de quién se trata. Sé que mañana, cuando amanezca, yo seré el protagonista en el cuadro del espejo y penderé de la soga, ahorcado, víctima de esta inexplicable maldición.

martes, 29 de septiembre de 2009

La mujer de Lot

"Pero ella se volvió para mirar, y eso fue lo que me gustó. ¡Es tan humano!"
Kurt Vonnegut


La caravana se detuvo y se agrupó a la sombra de unos peñascos. Las mujeres hicieron amago de bajarse de las mulas, pero Lot las detuvo con un gesto de la cabeza. No, dijo, hemos de continuar. Recordad las órdenes que nos dieron los ángeles del Señor. La mujer de Lot lo miró a los ojos y después su mirada resbaló hacia el cuerpo tembloroso que se ocultaba detrás de él. Recuérdalas tú también, dijo ella. A Lot se le descompuso el rostro en una mueca en la que se cincelaban la turbación y la cobardía, una vez más. Henok percibió en su mejilla el súbito endurecimiento de los músculos de su amo, tensos como el arco que se prepara a herir el cielo con sus flechas. Lot carraspeó, tosió, titubeó antes de hablar. Como cuando me arrojó de su casa, pensó Henok. El olor, su olor, sin embargo no era como entonces, ahora era mucho más denso, como si se hubiera destilado en las gotas de sudor que cubrían su cara. Un olor intensamente salado, tanto que había conseguido apagar el del azufre. El corazón le golpeaba en el pecho con el mismo ritmo que el rumor que inundaba el horizonte y se desplomaba sobre Sodoma. Qué sucede con la ciudad, Henok, hijo. Dínoslo, nosotros no nos atrevemos a mirar. Hazlo tú y cuéntanos.

Henok se bajó de la mula. La mujer de Lot y sus hijas se habían cubierto la cabeza con un manto. Lot permaneció sobre su montura con los ojos clavados en algún lugar lejano más allá de la tierra reseca que se extendía a su alrededor, más allá de Henok. Éste levantó la vista y miró el rostro de su amo, sabía que de alguna manera la traición se ocultaba en sus palabras.

Mira, Henok, mira y cuéntanos, repitió Lot.

Y Henok obedeció a Lot. Las lágrimas le nublaron la vista, le resbalaron sobre las mejillas, y gotearon sobre sus labios. Y le supieron a sal.