domingo, 14 de febrero de 2010

Nostalgia de fuego y hierro /1

"Ni hilen naiz
nire arima galduko da
nire askazia galduko da
baina nire aitaren etxea
iraunen du
zutik".

Gabriel Aresti

Durante las noches el cielo es rojo; las nubes se convierten en una pantalla sobre la que el fuego y el hierro proyectan su amor altivo y milenario. En esas horas los gemidos de los grandes hornos insomnes surcan la oscuridad y anuncian la consumación del misterio; una vez más la criatura ígnea fluye libre y rugiente ante los rostros ennegrecidos y sudorosos de sus creadores. El rojo del cielo se hace más intenso entonces, palpita hasta quebrarse en un gozo que se derrama sobre los tejados, los patios, las calles y las plazas aún envueltos en el sueño. En esas madrugadas de eucaristía, el polvo de hierro tiñe de ocre los alféizares, lagrimea sobre la ropa blanca colgada en los balcones.


sábado, 13 de febrero de 2010

Mapamundi



“Bilbao y llueve, llueve, llueve, livianamente, emborronando el aire, las oscuras fachadas y los débiles lomos de Archanda, mansamente llueve”.

Blas de Otero


"Bilbao en gris nos hace pensar en lo transitorio que se lleva la vorágine; en lo eviterno, que ha tenido comienzo y no tendrá fin; en lo eterno, que no ha comenzado y que no acabará".

Azorín


“Bilbao….. mientras yo viva, vivirá conmigo….. y no pienso morirme nunca del todo, porque él no puede morir del todo y en él espero vivir”.

Miguel de Unamuno

miércoles, 10 de febrero de 2010

Paseo a orillas del mar /2

Pero las que vienen no están allá. El olor a jabón y pescado de las tres mujeres se mezcla con el del salitre de la mar, y se enrosca después en torno a las damas de blanco. La más joven se ha quitado el sombrero; con la cabeza baja mira de soslayo a la de la cesta. En sus ojos se mezcla la soberbia con la curiosidad porque no entiende qué desean esas tres, plantadas sobre la arena, descalzas, como si las estuvieran esperando. Una repentina ráfaga de viento alborota las gasas que envuelven su vestido. La señora que camina tras ella levanta un brazo y se sujeta la pamela. Los velos que cuelgan del ala se agitan y esconden su rostro. La sombrilla abierta se estremece en su mano; la inclina con la intención de hurtarla al viento, pero la joven que la acompaña piensa por un momento que su madre la emplea como un escudo ante aquellas mujeres… Las mujeres de los pescadores muertos… Ellos trabajaban para su padre… Ahora las ha reconocido. No recuerda los nombres, pero sí sus caras. Los surcos profundos de la edad hoy están llenos de pena y tristeza. Y de rabia.

En los ojos de la viuda más joven las lágrimas se desbordan, y cuando la brisa no se las lleva, mojan las ropas del bebé que acuna. La mujer que ya sólo es mujer se vuelve hacia su compañera. No le habla, pero la otra entiende. Se seca la humedad de las mejillas y endereza la espalda. El llanto por la muerte de sus hombres vendrá cuando llegue la oscuridad, a la orilla de aquellas mismas aguas que aún no se los han devuelto; la sal de las lágrimas se derramará entonces en la sal de la mar, y de las olas. Pero eso será en la noche, en esta noche y en muchas otras después de ella, no ahora, no delante de esas dos.

Las damas pasan de largo y esquivan las miradas de las tres mujeres como si fuesen olas traicioneras que pretendiesen arruinar sus botines de charol. La más joven baja los párpados y vuelve apenas la cabeza hacia el mar. Allá, en algún valle azul, entre afiladas y efímeras cumbres de espuma, se perdieron los pescadores. Un escalofrío bate su piel, y después la palidez tiñe sus mejillas cuando imagina a su padre y hermanos flotando ingrávidos, mirándola con ojos ciegos desde un silencio opaco. Por un instante cree entender el dolor, la ira y el resentimiento de esas tres. Sólo por un instante. Se coloca de nuevo el sombrero; debería sentir algo, pero ya no encuentra un entrecejo para ellas. A su lado, escudada tras su sombrilla, con una indiferencia tan fingida como real es la de las olas, la madre no desvía los ojos del horizonte.

La mujer del pelo oscuro se gira y las sigue con el semblante turbio. Aspira hondo y casi grita sus palabras.

—¡Míralas, allá van!

domingo, 7 de febrero de 2010

Paseo a orillas del mar /1

"Mas se paro un momento, se consigo
Fechar os olhos, sinto-os a meu lado
De novo, esses que amei viven comigo".

Antero de Quental

—¡Míralas, allá vienen!

La que ha hablado es una mujer alta y robusta. Lleva el pelo oscuro y brillante recogido en un rodete. Colgada de su brazo izquierdo, una cesta de mimbre vacía. Mira desafiante hacia el otro extremo de la playa. Ha pronunciado sus palabras en voz alta, casi en un grito. No busca que sus compañeras la oigan, quiere que las damas vestidas de blanco que pasean por la arena se enteren de que están allí, ella y las otras dos, cada una con un recién nacido en brazos. Echa una pierna adelante y su cadera avanza provocadora. Levanta un poco la barbilla y apoya su puño en la cintura. Ella ya no tiene hijos. Por eso está allí. Por eso están allí. La mujer morena ya no es ni madre ni esposa. Las otras aún pueden decir que son madres, quizá por eso se quedan un paso atrás, como si quisieran que sus sombras reposasen en el soberbio regazo de la mujer que ya sólo es mujer, ni madre ni esposa.

Aspira hondo, su busto se hincha mientras el chal que lleva sobre los hombros aletea, negro como el presagio de una tragedia. Quizá pudiéramos pensar algo así si no fuese porque no hacen falta los presagios, si no fuese porque la tragedia ya es una realidad que las empapa como la húmeda brisa que agita sus ropas.

Las tres mujeres están descalzas, no temen a la mar.

—¡Míralas, allá vienen! —repite.



jueves, 4 de febrero de 2010

... de Némirovsky



"Una novela tiene que parecerse a una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que se conoce a fondo".

"... Los hombres empezaron a entonar un cántico grave y lento que se perdía en la noche. Poco después, en la carretera, en lugar del ejército alemán sólo había un poco de polvo".

"¡Dios mío! ¿Qué me hace este país? Ya que me rechaza, considerémoslo fríamente, observémoslo mientras pierde el honor y la vida. Y los otros, ¿qué son para mí? Los imperios mueren. Nada tiene importancia. Se mire desde el punto de vista místico o desde el punto de vista personal, es lo mismo. Conservemos la cabeza fría. Endurezcamos el corazón. Esperemos".

Irène Némirovsky

domingo, 31 de enero de 2010

Ella llovía


"Lo natural es morirse
sin haber paseado de la mano
por los portales de una ciudad desconocida."
Cristina Peri Rossi

Sé que usted no lo entiende, usted piensa que todas las parejas discuten y eso no se traduce en el final de la relación. Pero es que nosotros no discutíamos; ella llovía y yo me limitaba a terminar empapado. No era capaz siquiera de abrir un paraguas o buscar resguardo bajo una cornisa. Cuando lo intenté, sólo sirvió para acentuar más su violencia verbal, para poner aún más de manifiesto mi pusilanimidad y mi miedo a perderla. Leo en sus ojos algo parecido a la compasión o a la burla, no lo sé, pero sí sé que ya nadie puede ofenderme. Si ella no era capaz de ser de otro modo, yo tampoco.

jueves, 28 de enero de 2010

... de Gaudé


"... La sociedad actual, racionalista y fría, defiende por encima de todo la impermeabilidad de las fronteras, pero no hay nada más falso... Uno no está muerto o vivo. En absoluto... Es infinitamente más complicado. Todo se confunde y superpone. Los antiguos lo sabían... Ambos mundos, el de los vivos y el de los muertos, se encabalgan. Existen puentes, intersecciones, zonas turbias... Simplemente hemos desaprendido a verlo y percibirlo..."

Laurent Gaudé