jueves, 11 de marzo de 2010

Más teteras celestiales


"La razón por la que la religión organizada merece hostilidad abierta es que, a diferencia de la creencia en la tetera de Russell, la religión es poderosa, influyente, exenta de impuestos y se la inculca sistemáticamente a niños que son demasiado pequeños como para defenderse. Nadie empuja a los niños a pasar sus años de formación memorizando libros locos sobre teteras. Las escuelas subvencionadas por el gobierno no excluyen a los niños cuyos padres prefieren teteras de forma equivocada. Los creyentes en las teteras no lapidan a los no creyentes en las teteras, a los apóstatas de las teteras y a los blasfemos de las teteras. Las madres no advierten a sus hijos en contra de casarse con infieles que creen en tres teteras en lugar de en una sola. La gente que echa primero la leche no da palos en las rodillas a los que echan primero el té".

Richard Dawkins

domingo, 7 de marzo de 2010

La tetera celestial


"Muchas personas ortodoxas hablan como si pensaran que es asunto de los escépticos refutar los dogmas recibidos en vez de que sean los dogmáticos quienes los prueben. Por supuesto, esto es un error. Si yo fuera a sugerir que entre la Tierra y Marte hay una tetera china girando alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie sería capaz de desmentir mi aserción, dado que yo he tenido cuidado de añadir que la tetera es demasiado pequeña para ser descubierta incluso por uno de nuestros más poderosos telescopios. Pero si luego yo digo que, como mi aserción no puede refutarse, es una presunción intolerable por parte de la razón humana dudar de ello, pensarán de mí, con toda la razón del mundo, que estoy diciendo sinsentidos. Sin embargo, si en los libros antiguos se afirmara la existencia de esa tetera, enseñada como la sacra verdad cada domingo, e instilada en las mentes de los niños en la escuela, la duda a la hora de creer en su existencia se convertiría en una seña de excentricidad y harían que un psiquiatra reconociera al dubitativo en una era ilustrada, o un inquisidor en una era anterior".

Bertrand Russell

jueves, 4 de marzo de 2010

... de Azpeitia


"No había casas para los forasteros, y no se les ofrecía a estos otra oportunidad de integrarse que la de pasar a formar parte del ejército. Un ejército se alimenta siempre de hombres sin futuro. De hecho algunas unidades de Minos se habían especializado en vigilar el fragmento de población inadaptada y reprimir sus posibles desmanes, sus inevitables robos. Y, paradójicamente, la mayor parte de los componentes de esas unidades procedían a su vez del suburbio. Recibir golpes es la forma más adecuada de aprender a golpear. Esa verdad repugnante del alma humana es el cimiento de la realidad social aquea y la razón de que su modelo se imponga con tanta facilidad allá adonde llegan. Sólo necesitan tiempo para acumular riqueza desde arriba, lo demás va sucediendo lenta e inexorablemente".

Javier Azpeitia

lunes, 1 de marzo de 2010

Mi abuelo

Tengo casi cuarenta años, y mi abuelo es mi tortura. Y mi condena. Sé que no parece una situación lógica o común. Yo mismo me lo digo por las mañanas, cuando me miro al espejo y veo cada vez más hebras de plata entre mi cada vez menos nutrida cabellera. No, supongo que no es lo normal que un nieto en la cuarentena viva con su abuelo, los dos solos en un mismo hogar. Con un abuelo que posee muchos dones: el de la inoportunidad, el de la inconveniencia, el de la indiscreción… ¿Para qué continuar? Siempre los ha poseído, en realidad; desde que mi memoria alberga recuerdos, este hombre ha sido como una pesadilla recurrente en mi vida.

Con los años he tratado de convertir el cuarto de baño en mi sanctasanctórum particular, en una especie de refugio íntimo en el que me introduzco para evadirme de la presencia pegajosa de mi abuelo. Porque ni siquiera de una habitación propia dispongo, tan miserable es mi existencia. Hace ya tiempo que mi dormitorio fue pasto de la voraz fetidez de mi abuelo, de su contumaz egoísmo, de su perenne mala salud. Sí, duerme conmigo cada noche. Y digo bien, porque él duerme mientras sus ronquidos chapotean en mis meninges y convierten mi conciencia en un puré pestilente de alucinaciones insomnes. Pero, por desgracia, mi casa solamente tiene un baño, de manera que los mencionadas cualidades de mi abuelo le conducen a acosarme, a que en toda ocasión en la que me encuentro allí atrincherado —en el baño, quiero decir—, leyendo, escribiendo, escuchando música y, sí, también utilizándolo para lo que fue concebido, y él se percata de ello, siempre, sus nudillos golpeen la puerta y ese sonido se transforme en una herida que cada día es más profunda y supurante. Más insoportable.

Ahora mismo, mientras relleno estas páginas con letra apresurada, sus golpes impertinentes y maliciosos trepanan mi cráneo, su voz agrietada y crujiente repta por debajo de la puerta, cargada de urgencias e insinuaciones. Y yo, sentado en el retrete, con los pantalones arrebujados en los tobillos, me veo como una figura de guiñol, sin voluntad propia, manipulada por ese hombre tejido de arrugas y rodeado de tufos. Resignado, me pongo en pie, me subo los calzones y salgo sin mirarle, eludo la mirada de sus ojillos taimados, el sesgo socarrón de sus labios; trato de no escuchar sus palabras soeces y provocadoras, y huyo a refugiarme en el salón, a donde, sin duda, pronto acudirá a continuar con su tormento. En el salón, en la pared sobre la que se apoya el sofá de tela estampada con flores, el retrato de mi difunto padre también me observa, y lo hace con ojos tan burlones como los de mi abuelo: de buena me libré al toparme con aquel camión, chaval, parece decirme. Eso sí, ni un ápice de disculpa asoma en su semblante por haberme dejado como herencia a su horrendo progenitor.

No. No me equivocaba. En efecto, poco ha durado la tranquilidad porque las toses gorgoteantes e inundadas de gargajos ya avanzan por el pasillo hacia el salón. Giro la cabeza en todas direcciones tratando de buscar una escapatoria. Mis ojos topan con la vitrina que adorna una de las esquinas del cuarto. Allí conservo los pocos objetos valiosos que aún quedan en la casa. Arrumbado contra la madera del fondo reposa el abrecartas damasquinado que nos regaló la tía Elvira. Recuerdo que de pequeño no me lo dejaban tocar nunca porque estaba muy afilado, niño, que te puedes hacer una avería. Me insulto muchas veces y muy seguidas. ¿Cómo no lo he pensado nunca? ¿Cómo no se me había ocurrido que un abrecartas puede servir para más cosas que abrir una carta? ¿No crees, abuelo?

miércoles, 24 de febrero de 2010

Ramiro Pinilla en la Librería Troa de Getxo


Dice Don Ramiro: "... Pedí, pues, a mi hija mayor, Begoñita, de ocho años, que pulsara la tecla de punto final, y lo hizo. Desde entonces, ella remata cada nueva novela. Si no la tengo a mano, espero semanas o meses con el espacio en blanco hasta que regresa, y ya no tengo que indicarle que pulse ahí, ya domina un teclado, y lo hace con la seguridad de su experiencia adquirida desde aquellos sus lejanos ocho años...".

domingo, 21 de febrero de 2010

... de Pinilla



"Estaba junto al padre, mirando el barco de cinco mil toneladas que sabíamos se hundiría irremediablemente. La pertinaz lluvia había formado, sobre las alas del viejo sombrero del padre -traído de América por el abuelo hace más de veinticinco años- una especie de foso circular que rodeaba la cúpula central, y así, el sombrero de lona semejaba un castillo antiguo".

Ramiro Pinilla

miércoles, 17 de febrero de 2010

Nostalgia de fuego y hierro /y 2


"Un mundo como un árbol desgajado.
Una generación desarraigada.
Unos hombres sin más destino que
apuntalar ruinas".

Blas de Otero


Las ciudades son grises por el día, el aire húmedo y salado. Lluvia.

Asfalto gris, fachadas grises, cielo gris. Lluvia a las siete de la mañana, mientras el gran reloj del ayuntamiento bate las calles mojadas con sus tañidos y las sirenas reclaman con un silbido agudo a los oficiantes de la liturgia fabril. Caras y ropas grises se apresuran por las cuestas hacia la estación del tren camino de los templos. Las grúas ya ejecutan su danza lenta y majestuosa contra el telón de unos montes nublados, varados en una extraña red de tuberías, cables y estructuras de metal; las gaviotas traducen con sus graznidos la queja eterna de aquellas montañas prisioneras. Un tren destartalado recorre un paisaje de fábricas oxidadas en las riberas de la ría; de chimeneas enhiestas blanqueando con su humo las nubes de acero que siempre están ahí; de astilleros con monstruos varados a medio devorar, sus entrañas de metal asomadas al húmedo amanecer. Algunos coches se aventuran por carreteras sinuosas que bordean montañas de escoria, vómito arrancado a la tierra; se asoman a las canteras vertiginosas de las que brota sangre sólida; sobre ellos vuelan los cangilones con carbón hacia las fauces de los hornos insaciables.

En cada lugar el mismo olor a acero oxidado y fuego, mar y algas, cloaca y bosque. Y el olor metálico del agua de lluvia mojándolo todo.

Fuego, hierro, rojo, gris… Gaviotas y ría. Lluvia y grúas.

Así es como recuerdo el paisaje de mi infancia.