domingo, 3 de octubre de 2010

En esencia /1


Llamé a la oficina el lunes por la mañana. En la habitación del hospital no había teléfono y mi móvil, junto con mis otros efectos personales, había desaparecido después del accidente. Para mí el asunto era grave porque en la cartera llevaba varios informes que debía haber revisado durante el fin de semana para entregarlos aquel mismo lunes. El estómago se me sublevaba sólo de pensar en lo que iba a suceder con Don Arturo, mi jefe, si no aparecían pronto aquellos documentos.

El teléfono estaba en la sala de espera, por fortuna casi vacía a aquellas horas. Marqué el número de mi jefe y aguardé a que respondiera. Don Arturo es un sesentón seco, autoritario, prepotente y despótico, dotado de un extraño sentido del humor que sólo él entiende. Además es una persona muy pesada. Hace cinco años que comencé a trabajar para él y desde el primer día estuvo convencido de que yo era una especie de anormal a quien era necesario explicarle todo por escrito y después leérselo muy lentamente, para cerciorarse de si lo había captado… en esencia. “En esencia, ¿eh, Montes?, en esencia.” “Sí, Don Arturo, en esencia.”

En esencia. Aquél era su latiguillo predilecto. Por supuesto yo no captaba la esencia de nada de lo que me decía: Don Arturo era incapaz de acabar una frase y enlazarla con la siguiente en un discurso ordenado. De entre sus dientes, e impulsadas por la catapulta de su lengua, salían palabras y más palabras que se convertían en un enjambre de moscardones zumbando alrededor de mi cabeza, aturdiéndome hasta lograr que mi rostro adquiriera el gesto idiota que caracterizaba mis conversaciones con él.

De la confusión y la idiotez sólo había un paso hasta el sometimiento más absoluto, y esa frontera hacía ya mucho tiempo que la había atravesado. Sus razonamientos eran pétreos e invulnerables; sus órdenes siempre se obedecían; sus opiniones eran tan sagradas, ambiguas y certeras como los oráculos de la pitonisa de Delfos. Las jornadas laborales sólo finalizaban cuando él lo dictaba con su propia marcha; por las tardes espiaba nuestra salida desde la ventana de su despacho y si, por un azar o necesidad, alguna vez abandonábamos la oficina antes que él, la desazón de sabernos observados y de tener que afrontar a la mañana siguiente su interrogatorio y acusación inquisitoriales, nos descomponía el gesto, el pulso y las tripas.

Aspiré hondo cuando oí su voz al otro lado del auricular.

—¿Sí? —gruñó Don Arturo.

—Hola, Don Arturo. Soy Ricardo, ¿qué tal está usted? Verá, le llamo desde el hospital. El sábado… —no pude continuar.

—¡Montes! ¿Dónde coño andas? Ya tenías que estar aquí, ¿es que no sabes que tenemos una reunión con los de la consultora a las diez? —gritó mi jefe en su más pura esencia.

—Sí, Don Arturo —balbuceé—, pero es que he tenido un accidente. El sábado me cayó un ladrillo de una fachada en el hombro derecho y lo tengo destrozado.

—Ya, o sea que hoy no vienes a trabajar —¿dije que era un insensible?

—Pues no, Don Arturo, creo que no. Lo siento mucho, pero…

—Vale, vale, ya me apañaré. Oye…

—¿Sí?

—Digo que, ¡coño!, si el ladrillo te llega a dar en la cabeza, en esencia te jode, ¿eh, Montes? —soltó una risotada y colgó sin despedirse.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Küssen verboten


Küssen verboten, streng verboten.
Küssen ist bei mir nicht erlaubt.


domingo, 26 de septiembre de 2010

Tu piel es mi único sol


Hoy tengo el vino dulce y en la sangre, (*)
En la sangre se despliegan melodías
Como un estribillo lejano
Que resuena tras los ecos del pasado
Para hacer presentes las palabras ahogadas
Y así detener la vida en el momento esencial
Antes de la fuga desesperada.
Sangre, sí, globulada de futuro
Manando de tu herida, abierta, profunda
Cayendo, espesa, por tu brazo exangüe
Rojo sangre, tu nombre teñido de amor
En la tarde de entonces tu cuerpo refulge.
Tu piel es mi único sol.

(*) Verso inicial del poema “Las sirenas” de León Felipe

LaTertuliadeLaGranja
Hospital de Órbigo
05/09/2010

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Son tus ojos los que miran


No basta abrir la ventana

Para ver los campos y el río. (*)

Son tus ojos los que miran

En unas cuencas vacías

Que alojaron miradas de deseo

Y vaciaron las lágrimas de soledad

Insensatos de ser y no poder amar.

Desparecer y no haber sido

Es una suerte de latencia

Escasa y lejana

Como la más pequeña estrella del firmamento

Angustia por brillar

En ese día postrero que nos ha de llegar

Morir solo después del final.

(*) Versos de Alberto Caeiro - Fernando Pessoa


LaTertuliadeLaGranja

Hospital de Órbigo

05/09/2010

domingo, 12 de septiembre de 2010

Tú


Caer en un rostro, existir
con su respiración y con su boca...
Cuando tú estabas en peligro;
tú gritaste, mas fue
en la garganta de otro ser humano;
se levantó tu cuerpo
y fue en los brazos de otro ser humano.
Entonces comprendías.
Y tu necesidad y tu dolor
no fueron nunca como antes. Tú
ya no ves signos. Ahora, tú desprecias
todas las dudas. Y tu pensamiento
no es espejo que calla; ya es amor
y destino y conducta y existencia.

Antonio Gamoneda

jueves, 9 de septiembre de 2010

... de Kapuscinski


"Lo primero que llama la atención es la luz. Todo está inundado de luz. De claridad. De sol. Y tan sólo ayer: un Londres otoñal bañado en lluvia. Un avión bañado en lluvia. Un viento frío y la oscuridad. Aquí, en cambio, desde la mañana todo el aeropuerto resplandece bajo el sol, todos nosotros resplandecemos bajo el sol".

Ryszard Kapuscinski

domingo, 5 de septiembre de 2010

La Tertulia de la Granja en León




Donde comimos (morcilla y... pan)


Lo que cenamos (trucha laureada)


Lo que bebimos


La inspiración fugaz