Las viviendas se asoman desde las laderas de los montes hacia la gran vena abierta, se agrupan como si buscaran protección, temerosas de ser también ellas engullidas y arrastradas hasta lo más profundo de aquel extraño infierno de aguas oxidadas. Desde las ventanas se siente su pulso golpeando los cristales; con cada latido las gotas de agua que los recorren se aceleran un poco más hacia los marcos y se deslizan hacia la calle, sobre los paraguas que se arremolinan en las aceras. Y allí, niños con impermeables bajo los que asoman los faldones azules o rosas de sus batas de colegiales. Niños que todavía no se han vuelto grises. Todavía. Algún coche salpica en los charcos para perderse después entre la bruma. Los charcos son siempre los mismos, todos saben dónde nacen, todos conocen la geografía líquida de la ciudad; a través de ella se apresuran ya los niños porque la sirena de las escuelas clama como si fuera un barco entrando en puerto. Un barco, esa es la imagen a la que se asemeja el colegio que se alza en la cumbre del monte, más allá de donde acaban las calles y los edificios, un enorme barco encallado y herido que solicita la ayuda de su diminuta tripulación.
viernes, 30 de julio de 2010
Aguas oxidadas
domingo, 18 de julio de 2010
sábado, 10 de julio de 2010
Ich will
domingo, 4 de julio de 2010
Deja que pasen
Deja que pasen estos días,
deja que pasen estos años,
y entretanto
agradece el regalo de la luz
del cielo de diciembre,
tan discreta
que es casi sólo transparencia,
no ofende y es muy bella.
Deja que pasen estos años,
son pocos ya,
sé paciente y espera
con la seguridad de que con ellos
habrá pasado
definitivamente todo.
Ángel González
sábado, 3 de julio de 2010
There ain't no tits on the radio
Cause you can't see tits on the radio
I'll give you five fingers for a one man show
Fasten those pants for the lap dance
Take a shot now this may be your last chance
domingo, 27 de junio de 2010
jueves, 24 de junio de 2010
Oscuridad
Me acusabas hoy de mi silencio y he de reconocer que es así. Últimamente no me he prodigado demasiado, no voy a excusarme; supongo que no tengo nada que decir. El país se cae a pedazos y creo que a mi me sucede lo mismo, no sé si a causa de lo anterior o sin que tenga nada que ver. Me inclino por la segunda opción, aunque la primera está acelerando la apatía y la tristeza de alguna manera. Cuando llego a casa me siento en el sillón de orejas y me quedo contemplando la puerta de la sala y mi reflejo en sus cristales. Entonces sólo veo a un tipo cansado, aburrido, hastiado, asqueado, un individuo al que le da nauseas su propia imagen. Cuando ya no soporto más la visión de mí mismo, me dedico a vagar por la casa sin encender las luces, en la penumbra interminable de estos atardeceres de primavera. Espío la rutina doméstica de mis vecinos y me doy cuenta de lo vacía que está mi vida, tanto que ni esos hábitos diarios y relajantes he sido capaz de crear. Los días son muy oscuros. No hay azul en el cielo ni en mi interior. Ahí es todo gris también, monótono, plano. La ilusión se ha desprendido de sus ramas y se pudre a los pies de este árbol desnudo que debo ser yo. Toda esta planicie mental, anímica e intelectual se ve aderezada por una incongruente irritabilidad que me desasosiega. Nada me interesa, nada me importa, pero todo me afecta, me enfada, me corroe, me indigna hasta que consigo dominar mi furia y me digo a mí mismo esa frase talismán, quizá mantra que una vez me regaló un viejo amigo, "no hay nada demasiado importante". Su traducción es sencilla: no hay nada lo suficientemente importante que deba desviarnos del objetivo de nuestra vida que no es otro que vivir. Vivir, así de sencillo. Sin embargo, cada vez que me recito esas palabras y pienso en su significado me encojo un poco más. Al final he llegado a la conclusión de que no sé vivir y esto es algo que me asusta porque, además, me doy cuenta de que tampoco tengo voluntad para aprender. Quizá venga de ahí esa susceptibilidad; cuando uno no vive, lo nimio se transforma en esencial.
Son tiempos oscuros, y cada día me lo parecen más y más. Aún me queda una esperanza, mínima, de que el sol me acaricie, a pesar de todo. Pero sus rayos son esquivos y en mi lado de la vida sólo hay sombras.
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