
Hace muchos años que escribo un diario, más de los que me gusta recordar. Ahora uso una libreta negra de cantos dorados y páginas rayadas con una cinta de seda blanca para marcar el último pensamiento. La compré en Nueva York. Siempre escribo con pluma. Mont Blanc, por supuesto. Hace un tiempo tuve una novia que registraba armarios y cajones tratando de encontrar mis diarios. Nunca los halló. No había leído a Poe. Si lo hubiese conseguido quizá me habría amado más… Quizá me habría amado. Alguien dijo que cuando escribimos un diario estamos creando un personaje. En un diario jamás somos francos; el pudor, la vergüenza, el miedo nos alejan de la sinceridad. Tiendo a estar de acuerdo. Ahí, escribo palabras mudas, sordas y ciegas que quedarán para siempre encerradas en páginas del color de los huesos, entre tapas de cuero. Sin candados. No hacen falta. Pero no todas las palabras sufren tan cruel destino. Las de “Materia al contado” han escapado de su prisión. Saltaron desde los labios de Elisa, Joaquín, Edurne y Ana. Corrieron hasta nuestros oídos, se hicieron manos que volaban en el viento, ojos que destellaban entre lágrimas, labios que reían cacareos, almas que se adentraban en el paraíso de los cuentos. ¿Cuál es la materia de los sueños? Sueños de papel. Vale.


