Me resultan indignantes algunas de las declaraciones que estos días se cuelan en mi casa, la penúltima de Dolores (de) Cospedal. Decía este señora, paradigma de la simpleza engolada, que cuando Mariano esté en el gobierno y presente sus medidas para salir de la crisis, mucha gente que nunca ha salido a protestar a la calle, ahora lo hará. Y lo dice con toda la desfachatez que le otorga su donosura. Viene después González Pons, el hombre que jamás pierde la sonrisa, y proclama que los españoles (¡ay!, los españoles, todos hablando en su nombre y nadie que les escuche), dice, que los españoles son lo bastante maduros para entender y aceptar las medidas que habrá que adoptar. ¿Y por qué no leo, escucho, veo en ningún sitio cuáles son esas medidas? Tan poco respeto les merecemos, tan capitidisminuidos nos creen... Me estoy rascando el cogote porque, quizá sí, quizá sí que lo seamos, tanto como ellos, nuestros fieles representantes.
Sí, cada día más imbéciles.
Me voy a la cama.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
lunes, 14 de noviembre de 2011
Imbéciles
Tenemos lo que nos merecemos. Mientras voy hacia el trabajo,
escucho los resultados de la última encuesta demoscópica (vaya palabra) sobre
las elecciones. El resultado es invariable: victoria rotunda del PP. Sin
embargo, hay más ciudadanos que piensan que la campaña del PSOE está siendo más
sincera y honesta; de igual forma, son más los que creen que las soluciones y
propuestas de los socialistas son más realistas y que una mayoría absoluta del
PP no sería positiva. Qué gran paradoja. El uno está consiguiendo hacer una
campaña electoral sin enseñar la patita, solo grandilocuencias y palabras
huecas. El otro tiene muy claro lo que hay que hacer para sacar al país de la
crisis (¿qué crisis?), y hasta suena bien lo que dice, pero uno piensa en por
qué no lo hizo cuando estaba en el Gobierno, no hace muchas semanas. Tiene un
problema de credibilidad, no tanto por él como por su jefe. Hoy mismo he leído
un artículo de Arturo Pérez-Reverte. Le llamaba imbécil, al jefe, y este era
uno de los adjetivos más suaves. Duro, muy duro el artículo, pero muy veraz.
Decía el escritor: “Me da más miedo un imbécil que un malvado […] un imbécil
puede convertirse en el peor de los malvados. Precisamente por imbécil.”
Así las cosas, estamos a punto de elegir a un poco fiable
candidato para dirigir el país en un tiempo dramático. La mayoría no cree en
él, ni en su programa (desconocido), ni en sus intenciones, y a pesar de todo
va a ganar. Estos son los políticos que tenemos (¿para qué hablar de Urkullu,
el de la mata y la patata, Rosa Díez monotema, Cayo Lara fuera de órbita, los
fascistas reconvertidos de Amaiur…?), fiel reflejo de los ciudadanos que van a
representar. Porque ellos son como nosotros, no nos engañemos. Todos los
calificativos que les apliquemos nos valen para nosotros mismos.
Siempre me ha parecido que para sacarse el carnet de
conducir se debería tener un nivel mínimo de coeficiente intelectual.
Somos un país extraño.
domingo, 6 de noviembre de 2011
Tiempo

No he sido capaz de pasar de la página cien del último libro que he tratado de leer. Ni me voy a molestar en criticarlo, simplemente me limitaré a colocarlo en la balda correspondiente, en la letra 'P'. Hace tiempo que decidí no sufrir leyendo algo que no me agradara. A pesar de todo, tres citas al inicio de la obra me han llamado la atención. Sobre el tiempo, ese tiempo que nos falta, que no regresará, sobre el tiempo al que desearíamos volver, o del que querríamos escapar.
La distinción entre pasado, presente y futuro es una ilusión, pero se trata de una ilusión muy persistente.
Albert Einstein
La obra de arte más perfecta y aterradora de la humanidad es su división del tiempo.
Elias Canetti
¿Qué me espera en la dirección que no tomo?
Jack Kerouac
domingo, 30 de octubre de 2011
150 individuos
domingo, 23 de octubre de 2011
jueves, 20 de octubre de 2011
martes, 27 de septiembre de 2011
No recordaba que fuera artista
No recordaba nada, ni siquiera su nombre. Siempre llevaba consigo una libreta donde su esposa le había anotado lo más importante: su propio nombre, el de ella, su dirección, un informe sobre su estado de salud y sus tareas diarias. Leyó en diagonal acerca de su dolencia, algo sobre su memoria y que sus recuerdos desaparecían al cabo de una hora. Se rascó el cogote y miró el reloj. Tampoco recordaba estar casado, sin embargo, allí lo decía; ella se llamaba Lola Girón y él, Diego Velázquez.
Según le informaba su agenda, esa mañana debía ir al Museo del Prado. Formaba parte de su tratamiento: unas clases de artes plásticas impartidas por un especialista en enfermedades del cerebro. Terapia de creatividad cognoscitiva, había escrito la tal Lola.
Después de pasar los controles de la entrada, unas amables y sonrientes señoritas vestidas de rojo le ofrecieron un folleto: ‘Sea artista por un día’. Parecía divertido. Le solicitaron su DNI, apuntaron su nombre en un registro y le acompañaron a una gran sala. Le indicaron su tarea. Se trataba de transformar una escultura mediante las aportaciones de los visitantes; podía añadir o quitar lo que le pareciera. Tenía a su disposición martillos, cinceles, tornos de alfarero, aerosoles, navajas, paletas…; allí, en medio de la estancia había una… una… Diego supuso que aquella cosa sería la obra de arte.
Lo dejaron solo para que se inspirara. Sin duda un Diego Velázquez compondría una obra de arte maravillosa, le dijeron entre risitas. Diego titubeó durante unos minutos ante las herramientas. Al final optó por un martillo; se acercó a la estatua y machacó lo que parecía ser uno de sus pies. Lo hizo dedo a dedo, despacio, con una gran concentración. Después pensó que un pie destrozado a martillazos debía sangrar, así que cogió un aerosol de pintura roja y lo vació sobre la extremidad mutilada. Dio unas cuantas vueltas alrededor de la imagen y estudió el efecto. No estaba nada mal. Se sentó en una butaca y se dedicó a contemplar su creación. Al cabo de un rato, Diego miró el reloj y se preguntó qué sería aquel lugar en el que se encontraba. Consultó su libreta. Según alguien había escrito allí, debía de estar en un museo, aunque aquella sala más bien parecía el taller de algún chapuzas. ¿Sería su taller? Volvió a hojear la agenda. Los miércoles tenía su sesión de creatividad cognoscitiva. Se rascó la cabeza. Por si acaso se guardó en los bolsillos un par de espátulas y unos botecitos de pintura.
Por fin, Diego salió del taller; las dos jovencitas interrumpieron su animada conversación y le despidieron con un aleteo de manos. Comenzó a pasear por una larga galería repleta de cuadros muy bien pintados, eso tenía que reconocerlo. Los de la terapia cognoscitiva aquella de marras eran unos artistas de verdad, sí señor. Al cabo entró en una gran sala con unos enormes lienzos colgados; echó mano a la libreta y consultó qué debía hacer en aquella sesión. Ojeó las plaquitas que había debajo de cada uno de ellos y comprobó la agenda. Él se llamaba como decía la plaquita del más grande de todos. En realidad aquella pintura estaba ya muy bien creada, de una manera muy cognoscitiva, pero si había que cambiar algo, pues nada, se cambiaba. Todo fuera por su salud. Se decidió enseguida. Los ojos de la enana al lado del perro estaban muy separados.
Se notaba que el último día de terapia le había faltado la inspiración. Sacó una espátula del bolsillo y comenzó a rascar la pintura en aquella parte del lienzo. Sí, aquello ya era otra cosa, esta cara estaba mucho mejor. Justo en ese instante, unos energúmenos se pusieron a gritar; casi seguro que serían del grupo de los oligofrénicos. Giró la cabeza y vio que se le echaban encima; sus bocas abiertas babeaban entre alaridos; las aletas dilatadas de sus narices mostraban pasajes oscuros y viscosos; sus cejas se elevaban hasta convertir sus frentes sudadas en trapos mojados. Se defendió como pudo, a puñetazos y chorros de pintura roja. En el revuelo pudo ver cómo un tremendo manchón colorado cubría de pies a cabeza a la niña en el centro del cuadro. ¡Su obra! Qué pena, le había quedado tan natural, tan… menina. Quizá en la próxima sesión podría repararlo.
Según le informaba su agenda, esa mañana debía ir al Museo del Prado. Formaba parte de su tratamiento: unas clases de artes plásticas impartidas por un especialista en enfermedades del cerebro. Terapia de creatividad cognoscitiva, había escrito la tal Lola.
Después de pasar los controles de la entrada, unas amables y sonrientes señoritas vestidas de rojo le ofrecieron un folleto: ‘Sea artista por un día’. Parecía divertido. Le solicitaron su DNI, apuntaron su nombre en un registro y le acompañaron a una gran sala. Le indicaron su tarea. Se trataba de transformar una escultura mediante las aportaciones de los visitantes; podía añadir o quitar lo que le pareciera. Tenía a su disposición martillos, cinceles, tornos de alfarero, aerosoles, navajas, paletas…; allí, en medio de la estancia había una… una… Diego supuso que aquella cosa sería la obra de arte.
Lo dejaron solo para que se inspirara. Sin duda un Diego Velázquez compondría una obra de arte maravillosa, le dijeron entre risitas. Diego titubeó durante unos minutos ante las herramientas. Al final optó por un martillo; se acercó a la estatua y machacó lo que parecía ser uno de sus pies. Lo hizo dedo a dedo, despacio, con una gran concentración. Después pensó que un pie destrozado a martillazos debía sangrar, así que cogió un aerosol de pintura roja y lo vació sobre la extremidad mutilada. Dio unas cuantas vueltas alrededor de la imagen y estudió el efecto. No estaba nada mal. Se sentó en una butaca y se dedicó a contemplar su creación. Al cabo de un rato, Diego miró el reloj y se preguntó qué sería aquel lugar en el que se encontraba. Consultó su libreta. Según alguien había escrito allí, debía de estar en un museo, aunque aquella sala más bien parecía el taller de algún chapuzas. ¿Sería su taller? Volvió a hojear la agenda. Los miércoles tenía su sesión de creatividad cognoscitiva. Se rascó la cabeza. Por si acaso se guardó en los bolsillos un par de espátulas y unos botecitos de pintura.
Por fin, Diego salió del taller; las dos jovencitas interrumpieron su animada conversación y le despidieron con un aleteo de manos. Comenzó a pasear por una larga galería repleta de cuadros muy bien pintados, eso tenía que reconocerlo. Los de la terapia cognoscitiva aquella de marras eran unos artistas de verdad, sí señor. Al cabo entró en una gran sala con unos enormes lienzos colgados; echó mano a la libreta y consultó qué debía hacer en aquella sesión. Ojeó las plaquitas que había debajo de cada uno de ellos y comprobó la agenda. Él se llamaba como decía la plaquita del más grande de todos. En realidad aquella pintura estaba ya muy bien creada, de una manera muy cognoscitiva, pero si había que cambiar algo, pues nada, se cambiaba. Todo fuera por su salud. Se decidió enseguida. Los ojos de la enana al lado del perro estaban muy separados.
Se notaba que el último día de terapia le había faltado la inspiración. Sacó una espátula del bolsillo y comenzó a rascar la pintura en aquella parte del lienzo. Sí, aquello ya era otra cosa, esta cara estaba mucho mejor. Justo en ese instante, unos energúmenos se pusieron a gritar; casi seguro que serían del grupo de los oligofrénicos. Giró la cabeza y vio que se le echaban encima; sus bocas abiertas babeaban entre alaridos; las aletas dilatadas de sus narices mostraban pasajes oscuros y viscosos; sus cejas se elevaban hasta convertir sus frentes sudadas en trapos mojados. Se defendió como pudo, a puñetazos y chorros de pintura roja. En el revuelo pudo ver cómo un tremendo manchón colorado cubría de pies a cabeza a la niña en el centro del cuadro. ¡Su obra! Qué pena, le había quedado tan natural, tan… menina. Quizá en la próxima sesión podría repararlo.
Publicado en el periódico EL CORREO (y otros diarios del grupo Vocento) el día 06/08/2011. Copyright by Belidor
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





