viernes, 3 de agosto de 2012

Hopper



"Dos comediantes" fue el último cuadro que pintó Edward Hopper, allá por 1965 con 83 años. En él, dos comediantes que no son sino él mismo y su esposa (modelo de las mujeres que aparecen en la mayoría de sus cuadros) aparecen en el escenario para despedirse del público de este teatro que es el mundo. Por entonces ambos estaban muy enfermos y morirían unos meses más tarde. Un guiño irónico y sutil. El cuadro debe ir acompañado de unos frases del poeta Robert Frost citadas por el mismo Hopper: "Me voy, zarpo ahora, y podría volver si no me siento satisfecho con lo que he aprendido al haber muerto".
Si podéis, id a ver la exposición sobe Hopper en el Museo Thyssen, merece la pena. Mucho.

lunes, 16 de julio de 2012

Que nos jodamos



El país se cae a pedazos, tanto que ya hasta el idioma están olvidando algunos. Ni conjugar un verbo saben nuestros políticos, o lo que es peor, interpretar el significado de su conjugación.

Una de nuestras representantes en el Congreso proclamó durante el último pleno el famoso “¡Que se jodan!” A partir de aquí comienzan las disculpas y justificaciones, incluidas las propias y las de su ilustre papá. Que no, que no se refería a los parados, que su exabrupto iba dirigido a las bancadas socialistas. Y se quedan tan frescos. Si así hubiese sido, la señora diputada hubiera gritado “¡Que os jodan!” Elemental. Cualquier otro razonamiento ofende a la inteligencia. Claro que esto último no abunda. No, la señora Fabra dijo lo que quería decir, dijo “¡Que se jodan!”, es decir, que nos jodamos los españoles que no podemos vivir de los múltiples premios de lotería que su afortunado padre ha tenido la suerte de que le toquen. Que nos jodamos todos aquellos que vemos como el futuro del país se está yendo por los retretes de la ineptitud de nuestros representantes. Bien es cierto que no somos del todo inocentes de lo que sucede, hemos pecado al creernos que éramos ricos cuando en el fondo seguíamos siendo los parientes pobres del pueblo. Nos engañaron y nos dejamos engañar. Pero en primer lugar nos engañaron, y fuimos tan pobres de espíritu que con las migajas que nos arrojaron nos pareció que tocábamos el cielo. Pero ahora esa es otra historia llena de matices que merece capítulo aparte. Sí, que nos jodamos, esa es la conclusión de este cuento sin final feliz.

Nos joderemos, ya lo estamos haciendo, pero también debemos protestar. Estoy harto de todos esos que alegan que ya está bien, que hay que ver el lado positivo de la vida, que la selección ha ganado, que no podemos estar todo el día dándole vueltas a lo mismo. Bueno, que se lo digan al que no tiene trabajo ni prestación por desempleo a ver cuándo deja de pensar en ello. Pues no, señores, no debemos dejarnos idiotizar, tenemos que pensar, reflexionar, razonar el porqué de que los recortes sean de 65.000 millones de euros, justamente la misma cantidad que se ha determinado como posible agujero de la banca. Debemos analizar el porqué de que nosotros (es un decir) hayamos tenido que definir un plan de austeridad para que nos den el dinero y salvar con él a los bancos y ellos, sin embargo, aún no hayan presentado ninguno, ellos que tantos avales nos piden para prestarnos miserias con usura cuando no engañarnos directamente. Pensemos en ello y después, protestemos.

miércoles, 20 de junio de 2012

Me declaro defraudador



Estimados señores del Gobierno, por favor, tomen nota: a partir de este momento me declaro defraudador fiscal. Les ruego que, de acuerdo a las leyes por Vds. elaboradas, informen al Ministerio de Hacienda de que solo voy a tributar el 10% de mis ingresos.
Muy amables.
Suyo afectísimo,
B.

lunes, 11 de junio de 2012

¿Será algo congénito?


Ya nos han rescatado, sin embargo el gran artífice de todo esto tuvo el domingo pasado la desfachatez de decirnos que él (él) ya había resuelto el problema y que se largaba a Polonia a ver el partido de la selección. ¿Sería demagógico preguntar cuánto nos ha costado el viajecito de nuestro Líder? Hay cosas que no se recortan, la estupidez y la desfachatez entre ellas.


Es una ayuda, dicen. Nos ha tocado la lotería. Se acabaron las angustias, vocean. No sé, la prima de riesgo sigue donde estaba, la Bolsa vuelve a bajar. ¡Ah!, es que en Bruselas han dicho que si no hay más reformas (o sea, recortes) no hay pasta. Claro, es que este Gobierno, a fuerza de pensar que todos los ciudadanos de este país somos idiotas y tratarnos como tales (al fin y al cabo, los hechos le dan la razón, mayoría absoluta y todo eso) se han pensado que por ahí fuera también lo son. Y no, no lo deben ser. Más recortes en pensiones, en los subsidios al desempleo, más IVA... Que se sepa. Curioso e interesante. El detonante final del rescate ha sido la mangancia en Bankia. La "ayuda" es para recapitalizar la banca en su conjunto (40.000 millones según el FMI) pero los que nos tenemos que apretar el cinturón somos los ciudadanos con una nómina. Ellos no por mucho que digan que los accionistas no van a cobrar dividendos y bla bla bla. No van a cobrar este año y el que viene, si acaso, pero el IVA me lo van a subir para siempre. Es un despropósito todo lo que está sucediendo. Ya lo dice Paul Krugman hoy mismo:


"Vaya, otro rescate bancario, esta vez en España. ¿Quién lo habría imaginado?
La respuesta, por supuesto, es que todo el mundo. De hecho, toda esta historia empieza a parecerse a un manido número de comedia: una vez más la economía se hunde, el paro se dispara, los bancos tienen problemas, los Gobiernos se apresuran a acudir al rescate; pero, por alguna razón, se rescata solo a los bancos, no a los parados".
Pero no pasa nada porque hay fútbol todos los días de la semana, y tenis y Fórmula 1 y todo el jodido país parece idiotizado. Y por si acaso a alguno se le pasan los efectos de la estupidez inducida o congénita (que uno ya tiene dudas), la señora Aguirre ya ha llenado el centro de Madrid de policías. 
Ya no estamos al borde del abismo, ahora estamos en caída libre y el suelo se acerca con mucha rapidez. Lanzo una pregunta: ¿cuántos consejeros de administración de bancos van a cesar de aquí a seis meses? ¿Cuántos empleados de banca se van a quedar en la puta calle?

miércoles, 18 de abril de 2012

Estupidez



Nuestro querido Presidente Rajoy dijo ayer que nuestro país dispone del capital más importante para superar la crisis: españoles. Esto debe querer decir que estamos muy, pero que muy jodidos si  ya hemos llegado ese nivel de estupidez en las declaraciones. Ni ocurrencias tienen ya en la cartera.
Poco a poco nuestro Gobierno va demostrando que no disponía de programa alguno de gestión para atacar la crisis más allá del recorte salvaje e indiscriminado de presupuestos, en especial en aquellas áreas más sensibles, y de más peso también que para eso se supone que vivimos en un “estado del bienestar”:  Sanidad y Educación. Detrás, frotándose las manos, la enseñanza privada dispuesta a crecer aún más, las universidades privadas solo para privilegiados, la compañías de seguros médicos y la industria farmacéutica siempre al acecho de nuestra salud. Todo muy neoliberal. Y como gran vedette, el señor De Guindos, presunto delincuente según Mr. Obama quien ya dijo que los máximos responsables de Lehman Brothers deberían sentarse en el banquillo de los acusados después de la que habían montado. Recordemos que nuestro ministro de Economía era presidente del citado banco en la Península. Ya se ve, del paro al Gobierno. Y si ha llegado a tan alta magistratura no es para otra cosa que para defender los intereses del mundo del que viene, no del pueblo al que se supone que representa, y del mundo al que regresará cuando acaba su faena. De momento lo está haciendo bien, cumpliendo los preceptos de su ideología a rajatabla. No nos engañemos, las cosas jamás volverán a ser como fueron. A estos tipos les interesa que haya cinco millones de parados, es una forma de abaratar el coste de la mano de obra. A cambio se les otorga un subsidio de desempleo para que no estalle el país y asunto arreglado. El subsidio lo vamos a pagar los de siempre, es decir, los que cobramos una nómina y pagamos impuestos. Los que cobran de otras maneras y se las apañan para pagar lo mínimo posible no contribuirán demasiado a ello. ¿Lucha contra la delincuencia fiscal? ¿Para qué? Resultado: subida del IRPF a los de siempre, bajada de sueldo a los de siempre, amnistía fiscal a los que pueden defraudar. Y así ad infinitum.
De todas formas es este un juego peligroso que puede acabar mal para todos. La línea entre la fina estrategia y la simple estupidez es muy delgada (vean a nuestro querido Rajoy balbuceando bobadas mientras De Guindos dice que hay que ir a por el medicamentazo. Rajoy lo descarta y una semana más tarde ya está en la antesala del Consejo de Ministros. Y etc, etc, etc… Está claro quién manda en el Gobierno). Pueden pasarse de frenada, acaso ya lo hayan hecho, y entonces esos Mercados etéreos nos  gobiernan por jeta interpuesta se irritan porque tanto recortar a ver si va a suceder que la economía acaba hundiéndose. Se publican los Presupuestos y quince días después los amortizan con una improvisación nueva: vamos a recortar 10.000 millones en Sanidad y Educación. Así, otra vez demuestran que no tenían programa ni idea de qué hacer. O quizá sí, quizá siguen unas órdenes secretas, acaso detrás hay un plan oculto para el dominio mundial.  No olvidemos que el ansia desaforada de riqueza ya nos ha llevado a donde estamos. La avaricia también debe generar estupidez. Antes pensaba en conspiraciones y golpes de estado, sin embargo el otro día leí el principio de Hanlon, que dice así: No atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez.
Mientras tanto seguimos hablando del rey, su cadera y  su elefante, de hacerse un Froilán  y de declararle la guerra a Argentina. ¿Cortina de humo o simplemente va a ser que la estupidez es contagiosa?

lunes, 26 de marzo de 2012

La tienda de la esquina


Cuántas veces no nos ha sucedido que a fuerza de pasar por delante de un determinado lugar dejamos de percibirlo, simplemente desaparece de nuestra memoria aunque en el mundo real permanezca inmutable. “Novedades Fernández”, así se llamaba la pequeña y destartalada tienda de ropa que llevaba años sin ver, los mismos que llevaba bordeando la esquina donde se agazapaba su puerta, ahora como siempre de madera desportillada y con el cristal oscurecido por una persiana de lamas de plástico. En un lateral del escaparate, un cartel: “Vendemos uniformes de colegio…”, y a continuación una lista con todos los centros de la población, entre ellos el suyo, el de su infancia. En aquel comercio le había comprado su madre una bata azul cielo y su primer uniforme: calcetines negros, camisa blanca, pantalones color crema, jersey marrón; recordaba el momento con una claridad que minutos antes no hubiera pensado posible. Y al señor Fernández también. El señor Fernández, calvo, de piel pálida, casi traslúcida, donde se le dibujaban las venas como misteriosos ríos que siempre tropezaban con una enorme montaña rojiza: el quiste que tenía junto a la sien derecha, grande como un huevo de codorniz, palpitante como si quisiera romper la piel que le mantenía prisionero sobre aquel cráneo pelado. El señor Fernández y su hijo, igual que el padre, pero sin aquel abultamiento fascinante y solar, y con una voz aflautada que ahora, en la memoria, se le antojaba afeminada y repleta de inflexiones lúbricas. Esa mañana, en el trabajo, se había dado cuenta de que era incapaz de recordar si la tienda seguía existiendo. Cada pocos minutos su imaginación volaba hacia el lugar; unas horas antes había caminado por delante aquella esquina, pero por mucho que se esforzaba no lograba atrapar un recuerdo cercano que resolviese su duda. La tienda del señor Fernández se había convertido en una repentina y estúpida obsesión, un fantasma escurridizo que le contemplaba burlón desde algún recodo de su mente.
Sin embargo, allí estaba. Se aproximó a ella dominado por una fascinación que no comprendía; sus ojos se clavaron en la batas infantiles, en los jerseys de niño y de abuelo, en unas novedades que quizá lo fueron hacía muchos años. Atisbó entre maniquíes contrahechos y cubiertos de eczemas; sí, el mismo mostrador de madera pulida, el mismo metro de tela clavado en el borde, el mismo hijo del señor Fernández con la misma sonrisa melosa e inquietante que recordaba de su infancia, hoy con una calva tan brillante como la de su padre. Fue entonces cuando se fijó en su propio reflejo en el cristal del escaparate, en aquel hombre que hacía mucho había dejado atrás la niñez, en su mirada sin brillo, como si no reconociera a su dueño; en las comisuras de sus labios derramadas sobre el mentón, rígidas después de haber olvidado la sonrisa. Era un espíritu que regresaba después de un largo viaje inútil y sin sentido. Morirse debía ser algo así, imaginarse niño otra vez y pensar que toda la vida había sido una gran e inmenso desperdicio de tiempo.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Limones redondos


... y a la mitad del camino cortó limones redondos
y los fue tirando al agua hasta que se puso de oro.
Federico GarcíaLorca