domingo, 19 de diciembre de 2010

El hastío de un dios

Las lágrimas y la sangre como dos ríos se unen

Y juntos corren hacia el mar,

Éste se llama caos y en él se hunde la Humanidad.

“Ascenso del error”

Dios Hastío

A mi lado todo era tan carente de interés y trascendencia que sólo la continua observación de mi imagen y actos daban algo sentido al hecho de existir. El aburrimiento me acompañaba a cada instante en aquel limbo infinito y eterno en el que moraba. Sin embargo los hombres, hormigas ciegas e impacientes, correteaban siempre atareados e infatigables por todo su mundo; construían y arrasaban; amaban y odiaban. Vivían y morían. Quise ser un hombre y que todos me veneraran como lo que soy. Viajé a su estrella y me convertí en uno de ellos.

Al principio, fui dichoso. Me miraba y veía a un ser bello y perfecto. Hablaba, y mi voz sonaba en mis oídos con el tono que debía tener la del mejor de los tenores. Contemplaba mi sombra, y en ella reconocía los movimientos felinos de un depredador sin enemigos y siempre triunfante y ahíto de caza. Nada ni nadie se resistían a mi encanto, las mujeres y los hombres creían que su misión era servirme y satisfacer mis apenas insinuados deseos. Sin embargo, pronto el tedio comenzó a cercarme de nuevo. La infinita repetición del arrobo en las miradas me asqueaba. Dejó de divertirme adivinar cómo las cabezas se giraban a mi paso; ver cómo las mejillas se ruborizaban cuando yo valoraba a sus jóvenes propietarias; apreciar cómo, en definitiva, todo el mundo me consideraba un ser superior digno de ser adorado como un dios. Si a mí, que era perfecto, la vida me aburría, la de los demás debía ser para cada uno de ellos una carga insoportable. Quise hacer el bien y así comencé a asesinar a todos aquellos que creía más infelices, y lo hice infligiéndoles todo el dolor y sufrimiento del que era capaz. La muerte les proporcionaría un breve pero intenso momento de gozo, y a mí de dicha porque de esa manera me convertía de nuevo en un dios, ahora un dios que no se conformaba con ser pasivo y loado sino que con su interpretación era capaz de transformarse a la vez en actor y público. Cuanta más muerte acarreaba a mi alrededor, menor era mi desazón; fue un descubrimiento fascinante y si no hubiese sido un dios, acaso hubiera dudado de mi cordura. Apenas me daba cuenta de que mis caprichos se volvían más absurdos y violentos, y pronto la dosis de horror necesaria para mitigar mi hastío se incrementó tanto que sólo la guerra bastó para arrancarme de ese marasmo. Cada mes, cada año necesité más y más. Más violencia. Más muertes. La última guerra apenas duró unos pocos segundos, pero por primera vez en mi vida reí entusiasmado, palmeé como un niño, me alborocé como las adolescentes que una vez me habían deseado. Experimenté la felicidad de un dios, y aunque sólo duró un instante, fue infinita en su intensidad.

Después llegaron el silencio y la oscuridad a aquel mundo devastado; el aburrimiento regresó y se acomodó a los pies de mi lecho. Desde allí me ha estado observando con ojos cargados de astucia y me cuenta cada mañana que sólo hay una forma de hacerle desaparecer. Los gruesos muros grises de mi habitación son monótonos y aburridos. Fuera están la oscuridad y el veneno que aún supuran de mi risa extinguida. Me aguardan, y yo me pregunto cómo será la muerte de un dios.

3 comentarios:

Elena Lechuga dijo...

Impresionante.
Muy bueno.

El maestresala dijo...

Esto leí y copio/pego :
"El ser humano enfermo de “futuritis” vive en una fuga perpetua que lo encamina hacia la angustia, hacia una avidez de tiempo imposible de colmar. Pero en esta imposibilidad se esconde una respuesta tajante, impecable y radical: hay que pararse, detenerse, templarse, sublimar el valor del tiempo a base de silencios profundos. Estos silencios poco a poco descubrirán la plenitud y la exigencia de unidad que habita en el Todo; esta es la respuesta más natural que yace en el fondo de todo espíritu inteligente y libre. Si se permite que surja esta sabiduría innata se notará el cambio que supone acercarse a lo auténtico y se dejará de vivir el paso del tiempo como una acometida en contra de los intereses personales. A partir de la reconciliación con el tiempo y de la ocupación del centro por parte del individuo, este puede admirar las oportunidades que le brinda el Universo a través de sus leyes."
Autor : Ernesto Rangel

La Templanza (síntesis)

El maestresala

Belidor dijo...

Estimado, lo único que hay innato en mí es una infinita capacidad para equivocarme y no aprender de mis errores. Creo que de sabiduría innata, más bien poco. De todas formas, como usted recomienda, me sumiré en un silencio profundo que a buen seguro todos confundirán con una obtusa simpleza. No hay forma de acertar.