jueves, 31 de diciembre de 2009

La Gola /y 2

Si miro hacia atrás puedo concluir que mi vida siempre ha sido una huida desesperada de sí misma. ¿Porque mi vida no significa nada, y está llena de ruido y furia? Tal vez, pero así son todas las vidas hasta que dejas reposar la cabeza sobre el tronco de un castaño centenario y te vas para siempre. Por eso, hasta que ese momento llegue, es mejor buscar un territorio al que huir. Y hacerlo.

Cuando estudiaba la carrera universitaria —soy ingeniero y, por desgracia con tan infausta profesión me he de ganar, todavía, esa vida sin sentido—, circulaba una tira cómica de Mafalda en la que Miguelito aparecía de pie sobre una banqueta. Mafalda le pregunta la razón de su proceder y Miguelito le responde que va a ser ingeniero. ¿Y por qué estás subido en la banqueta?, le vuelve a preguntar la niña. Es que voy a ser un Gran Ingeniero, dice el niño. En la última viñeta Miguelito, con cara de pasmo, aparece aún de pie sobre un taburete al que se le han roto las cuatro patas. No os voy a aburrir contándoos cuántas veces me he sentido como Miguelito, no siendo un Gran Ingeniero —algo que jamás desee, por otra parte—, y atrapado en una pasmosa monotonía gris en la que la frustración campaba por los desiertos de mi aburrimiento. Pero, ¿por qué digo esto? No, no es cierto. Ya no es así. Mi vida, la de verdad, es apasionante. Ahora mismo, hace unas pocas páginas, los secuaces de la compañía bananera acaban de exterminar a todos los Aurelianos hijos de Aureliano Buendía. La semana pasada lloré cuando Avellaneda, la joven amada del crepuscular Martín Santomé, moría y le abandonaba en el tedio, en el largo, desierto, invariable tedio. Hace no demasiado tiempo viajé a Marte y desde allí contemplé cómo la Tierra se extinguía en un fuego verde de explosiones nucleares. He cabalgado en gusanos de arena y yo también he peleado con desaforados gigantes, cobardes y viles criaturas, amigo Sancho. No he visto rayos C brillar en la oscuridad en la puerta de Tannhäuser, porque jamás un replicante viajó hasta allá. Pero sí he deseado tener una oveja eléctrica. He vivido en ciudades asoladas por la peste y he muerto en las murallas de Constantinopla. He viajado al país de las últimas cosas y aún espero que mi teléfono suene una noche, y una voz desconocida pregunte por Paul Auster. Yo seré entonces Daniel Quinn como fui durante un verano Tooru Okada; me perderé entonces en pozos oscuros y tiempos pasados. Y allí visitaré a Julián Sorel y mi cabeza y la suya rodarán juntas. Y después, cuando me haya desangrado, navegaré con Jim Hawkins hasta que Ilona llegue con la lluvia y, juntos los tres, buscaremos a Beno von Archimboldi durante cien años que ya no serán de soledad.

Sí, amigos, porque estamos hechos de la misma materia que los sueños, haced como yo, vivid en los sueños de papel, escapad de vuestras falsas vidas siempre que podáis. Que jamás tengamos que morir como Don Alonso, que jamás tengamos que irnos poco a poco porque en los nidos de antaño no haya pájaros hogaño, que nuestras ilusiones no perezcan, que nunca tengamos que gritar que el resto es silencio.

Vale.

lunes, 28 de diciembre de 2009

La Gola /1


“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces…”

Muchos años después, frente a estas frases, he recordado el placer que sentí aquella tarde lejana, en el comienzo de unas vacaciones de verano, cuando la obra de García Márquez tenía quince años y yo apenas unos meses más que ella.

Macondo… ¿Por qué no podemos vivir en nuestro propio Macondo? Quizá lo haya conseguido, quizá pueda ser feliz con el sonido del comején mientras deslavaza las páginas de mis libros. Tal vea mi vida esté ahí, entre esas páginas, como la de Aureliano Buendía lo estuvo al final entre las escamas de sus pececitos de oro.

Mi nombre es Belidor y declaro sin ironía que me inicié en el mundo de la literatura en la niñez con los tebeos de Mortadelo y Filemón que me regalaba una vecina. Podría haber dicho que mis primeras lecturas estuvieron articuladas en torno a los clásicos que almacenaban polvo en la biblioteca de mis padres, pero no, no sería verdad porque en mi casa no había biblioteca y mucho menos clásicos. Tampoco pretendo que esta declaración parezca alguna especie de pedante rito iniciático imprescindible para ingresar en un culto secreto. Mi afición a la lectura empezó con los personajes de Ibáñez, Escobar y tantos otros, y también a la escritura, me atrevería a decir; pronto descubrí que las redacciones escolares que mis compañeros de clase odiaban a mí me apasionaban; pronto descubrí que vivía con mayor plenitud en lugares inventados por otros y por mí, que me encontraba más a gusto en la reelaboración de los recuerdos distorsionados por la memoria que en el patio del colegio dándole patadas a la pelota. Un buen día aparecieron en mi habitación los hijos del capitán Grant y me fui con ellos al otro extremo del mundo. Cuando regresé de aquella aventura me pareció que estaría bien hacer un viaje a la Luna; desde entonces, cuando contemplo el cielo en las noches sé que podré escapar de mi casa cada vez que lo quiera, porque me bastará con cerrar los ojos, desearlo y aparecer allá arriba, cerca de las estrellas.

jueves, 24 de diciembre de 2009

... de Hemon



"Sólo Dios sabe lo mal que me cae, pero envidio a la gente que cree en toda esa farsa. No tienen que preocuparse por el sentido de la vida, mientras que yo sí".

Aleksandar Hemon

domingo, 20 de diciembre de 2009

Barataria. Literatura en La Granja. Nº 6



Revista Barataria.
Literatura en La Granja. Nº 6

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viernes, 18 de diciembre de 2009

Ohne dich

Ohne dich zähle ich die Stunden.
Ohne dich bin ich auch allein.
Ohne dich...


jueves, 17 de diciembre de 2009

La sonrisa de Holofernes /y 3

Judit se acarició el vientre y lloró en silencio porque jamás pisaría las riberas de aquel río, porque si su deseo se llegara a cumplir, las espadas de aquellos extranjeros arrancarían los velos de las vírgenes de su ciudad, desnudarían sus cuerpos y profanarían sus senos. Y su pueblo perecería porque la esclavitud no les haría merecer la misericordia de los vencedores, la benevolencia de aquel guerrero dormido. Su humillación como viuda sería apenas el aleteo de una abeja entre los gritos de las mujeres violadas, avergonzadas y deshonradas que seguirían a la caída de Betulia.

Sobre el cabecero del tálamo, envuelta en una vaina de oro, la espada de Holofernes pareció temblar cuando las nubes ocultaron la luz de la luna. Judit la extrajo de su vaina y la levantó por encima de la cabeza. Mientras el filo caía hacia el cuello del amante dormido, en ese segundo eterno, Holofernes la miró sin sorpresa; aún tuvo tiempo de esbozar una sonrisa triste y bajar los párpados de nuevo, como si quisiera regresar a un sueño que ahora sería para siempre. Cuando el filo rasgó la piel, las venas, los cartílagos, cuando quebró los huesos y la cabeza de Holofernes se separó de su cuerpo, Judit acarició la frente salpicada de sangre del amante. Él había preferido no creer en su traición, había preferido creer que aquellos tres días durarían tanto como su río. Con su sonrisa le había dicho que la amaba tanto que prefería morir a matarla.

Con un paño humedecido en ungüentos, limpió el rostro y la barba del general. Besó sus labios, les dio a beber sus lágrimas y trenzó sus cabellos. Cubrió el cuerpo con la sábana; los restos de su amor dibujaban sobre su blancura ríos, costas y mares que ya nunca existirían. Holofernes, mi amor, pensó la mujer, lo que tú no has hecho con esta traidora lo harán los hombres de mi pueblo esta misma noche.

Judit salió del campamento para la oración, como lo hacía cada amanecer, bordeó el barranco y comenzó a subir la pendiente hacia Betulia.

Mientras caminaba, se acarició el vientre de nuevo. Imaginó las piedras lacerando su piel, quebrando sus huesos. No quiso pensar en el dolor de su vida desgarrada por los mismos a los que acababa de salvar. Ellos jamás aceptarían el hijo de Holofernes como a uno de los suyos.

Imagen: Regreso de Judit a Betulia - Botticelli

lunes, 14 de diciembre de 2009

La sonrisa de Holofernes /2

El discurso aprendido se esfumó en el aire calcinado del mediodía; el sudor le resbaló entre los pechos y con él las palabras de los jefes de Betulia y de los sacerdotes, representantes de Dios, un dios que había decidido que ella debía morir sólo por ser mujer y viuda.

—Ya no serás nunca recipiente de guerreros —repitió Ozías las palabras de Dios—. Pero tú misma puedes luchar por Mi pueblo y salvarlo de la aniquilación.

Malditos los que usurpaban la palabra del Señor y ponían en Sus labios tan miserables razones. Malditos egoístas que por salvarse sólo eran capaces de desprenderse de lo que creían inservible.

Judit había humillado la cabeza en un intento de ocultar su rabia hacia aquellos que la enviaban al sacrificio. El vientre que su marido Manasés jamás fue capaz de sembrar, que creían un cántaro vacío y dañado que ya no servía para nada, era el que la enviaba a la muerte. Entonces Judit se postró en tierra, esparció ceniza sobre sus cabellos, puso al descubierto el sayal con el que ceñía su cuerpo e imploró al Señor hurtando su voz a los jefes de Betulia:

—… no somos castigados, sino que el Señor golpea a los que están cerca de Él, para que eso les sirva de advertencia.

Judit abrió los ojos y volvió a mirar al guerrero. ¿Merecían vivir? ¿Lo merecían más que él? ¿Más que ella?

Nunca le contó que era una traidora a su pueblo, que ella le indicaría cómo entrar en la ciudad. No hizo falta que mintiera para ganarse su confianza. Él, en cambio, le habló de su infancia en una pequeña aldea a orillas del gran río, y de las batallas que había ganado. También le habló de la mujer que había muerto en el desierto, una mujer a la que había amado pero que no pudo sobrevivir en aquel mundo de sangre y conquista. Le habló de su soledad entre los muertos en los campos de batalla, después de la victoria, de los ojos vacíos, de los reproches mudos y ciegos; de que alguna vez regresaría a su aldea, lejos de la gloria, pero también de los gritos de la carne herida, alguna vez, cuando su rey lo permitiese. Y solo, así lo había pensado hasta que la vio. Le dijo que el dios que la había enviado a él también sería el suyo. Judit supo que deseaba conocer aquel río, bañarse en él, desnuda, abrazada a aquel hombre con el que había estado viva durante tres días, los únicos tres días desde que sus padres le impusieron su nombre. Tres días en una vida que se acercaba a su final ahora que el cielo era ya un poco menos oscuro.

Imagen: Judit y Holofernes - Franz von Stuck

sábado, 12 de diciembre de 2009

... de Moore

"En la humanidad está el origen de todo sufrimiento".

"Tenía una taza de té en el suelo, a un lado, y la cogió y bebió de ella mirando hacia la pared".

Lorrie Moore


miércoles, 9 de diciembre de 2009

Links 2 3 4

"Un profundo silencio reinaba sobre aquella tierra. La tierra en sí era toda desolación, carecía de vida, de movimiento, tan solitaria y fría que ni siquiera podía decirse que su espíritu era el de la tristeza. Había en ella un atisbo de risa, pero de una risa más terrible que cualquier tristeza..."

Jack London

martes, 8 de diciembre de 2009

Schuldigen

"Frente a quienes lo critican, el testimonio posee una autoridad irremplazable. De ahí la necesidad de recogerlo y conservarlo, porque junto a la importancia del testimonio, está la autoridad del silencio de los que no pueden hablar, ni siquiera a través de alguien que les recuerde".

Reyes Mate

lunes, 7 de diciembre de 2009

...und hier kommt die Sonne (?)

"¡Matadlos a todos! ¡No dejéis ni uno vivo!"

Ramón Serrano Suñer

domingo, 6 de diciembre de 2009

Das Übel und das Verbrechen

"A la obstinación del crimen se ha de oponer la obstinación del testimonio".

Albert Camus

sábado, 5 de diciembre de 2009

Lágrimas de Eros


"[...] La naturaleza de Eros que se despliega en la exposición es, como la sexualidad infantil según la clásica interpretación de Freud, perversa polimorfa. No sólo incorpora las miradas masculina y femenina, heterosexual y homosexual, sino una amplia variedad de parafilias: la aquafilia o pasión por el agua, la tricofilia u obsesión por la cabellera, el fetichismo clásico freudiano en busca de sustitutos fálicos, el voyeurismo y el exhibicionismo, el bondage y el sadomasoquismo, la agalmatofilia fascinada por muñecas y maniquíes, el vampirismo y el canibalismo, la necrofilia y su hermana menor, la somnofilia, y por todas partes la dacrifilia o dacrilagnia, el deseo suscitado por las lágrimas".

Imagen: Andrómeda - Gustavo Doré

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Orando en soledad y tricofilia


Según la leyenda, Magdalena dejó Tierra Santa tras la Resurrección y llegó por mar a Marsella, donde evangelizó a los paganos. Más tarde se retiró a una montaña y pasó el resto de su vida orando en soledad...

Episodio de la cena de Cristo en casa de Simón el fariseo.

María Magdalena se acercó a la mesa donde estaba sentado Cristo con un vaso lleno de perfume que derramó sobre sus pies. Luego los enjuagó y secó con su propia cabellera, besándolos con gran devoción...

Imagen: María Magdalena en una gruta - Jules Joseph Lefebvre


martes, 1 de diciembre de 2009

Llorar sobre arena

Kseniya Simonova ejecuta en directo una animación de la invasión de Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial; sólo emplea sus dedos y una superficie de arena. No hace falta ser ucraniano para emocionarse...

domingo, 29 de noviembre de 2009

La sonrisa de Holofernes /1

El silencio se derramó sobre el campamento al llegar la noche; de vez en cuando una orden susurrada se deslizaba entre las tiendas. Cuando la luna se escondiese, desde el interior de los muros de Betulia se elevaría el murmullo amorfo de la alabanza de su pueblo a Dios. Judit miró a su izquierda, donde yacía el cuerpo dormido del general Holofernes; acarició al pecho limpio y robusto, sus dedos se deslizaron por el vientre musculoso y con un leve movimiento hizo que la sábana se deslizara hasta el suelo. Sus ojos se pasearon entonces por el espléndido cuerpo desnudo del hombre. Después, se levantó despacio de la cama, tratando de no alterar el sueño de su amante, y dio unos pasos hacia la entrada del aposento. En el cielo, las estrellas le suspiraron el tiempo que faltaba para el amanecer del cuarto día. Se giró y envidió el rayo de luna que perfilaba el semblante del general dormido. Se preguntó si aquel hombre merecía morir esa noche.

Aspiró el aire tibio de la madrugada en el que se mezclaban el olor a sexo, sudor y aceites perfumados. Olía a sueño. Olía a amor. Olía a confianza. Y a traición. Bajó los párpados y volvió a ver al soberbio guerrero que la había recibido tres días antes, con la tez tostada del rostro alumbrándose con un rubor impropio de un general. Recordó el fuego que le subió desde el estómago y le incendió la frente, el mismo fuego que ardía en la mirada del hombre, los ojos brillando con el reflejo de los collares, brazaletes, anillos y pendientes que adornaban su cuerpo ungido de perfumes. Recordó los dedos poderosos que se desprendieron del pomo de la espada y volaron hasta su larga cabellera, el tacto abrasador de las manos sobre sus hombros desnudos cuando impidió que ella se le postrara a los pies. Volvió a ver su propio rostro, su blancura reflejada en la cobriza coraza del guerrero, los ojos negros, los labios húmedos —entreabiertos en una sonrisa cargada de dudas y deseo—, cincelados en el pecho dorado del general.

Imagen: Judit - Gustav Klimt


martes, 24 de noviembre de 2009

... de Levi


"Aquí, alejados momentáneamente de los insultos y de los golpes, podemos volver a entrar en nosotros mismos y meditar, y entonces se ve claro que no volveremos. Hemos viajado hasta aquí en vagones sellados; hemos visto partir hacia la nada a nuestras mujeres y a nuestros hijos; convertidos en esclavos hemos desfilado cien veces ida y vuelta al trabajo mudo, extinguida el alma antes de la muerte anónima".

Primo Levi

"Debemos desconfiar de la inteligencia y de la conciencia, y poner toda nuestra fe en los instintos".

Adolf Hitler

sábado, 21 de noviembre de 2009

Angustia

Las ganas de fumar no regresaron hasta que estaba anocheciendo, cuando su esposa telefoneó para informarle de que, en efecto, pasaría la noche en la capital. Estuvo varias horas ante el televisor, aburrido, tratando de evadirse de aquel nuevo y desasosegante deseo, de no pensar en lo delicioso que era el sabor de un cigarrillo después de la cena, hasta que pasadas las doce se fue a dormir. A las tres de la mañana continuaba dando vueltas en la cama sin conciliar el sueño, luchando contra su mente desbocada, pendiente además del reloj, de que llegase la hora en la que su vecino se encontraría de nuevo al otro lado de la pared. Apenas escuchó el portazo en la escalera, le pareció que las paredes del dormitorio comenzaban a destilar un penetrante a olor a ceniza. Sabiendo que era perverso, aspiró muy hondo varias veces, como si quisiera llenarse de aquella emanación hasta rebosar, asegurarse de que estaba allí, flotando en la penumbra grisácea y no en su cabeza como el fruto disparatado de su insomnio. Se encogió entre las sábanas, en un vano remedo de sus ritos infantiles, cuando sabía que sólo ellas podían protegerlo de los fantasmas que lo acechaban en la oscuridad; ahora también lo protegerían de los ojos que lo acechaban desde el otro lado del tabique.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

... de Auster


"Aquella fue mi guerra. No una de verdad, quizá, pero cuando se es testigo de una violencia a esa escala, no es difícil vislumbrar algo peor, y una vez que la mente es capaz de representarse algo así, se comprende que el terreno que se pisa está abonado con las peores posibilidades de la imaginación. Si puede pensarse, es fácil que ocurra".

Paul Auster

domingo, 15 de noviembre de 2009

RadioLac /y 2


"Los hombres son extraños.
Cometen las peores acciones sin formularse demasiadas preguntas,
pero luego no pueden vivir con el recuerdo de lo hecho".
Philippe Claudel

... La noche se aproxima. La tristeza nos condena a muerte y en mi mano ya tengo una pistola recortada en lágrimas. Llorad, porque la música está punto de ser desterrada de nuestras vidas. Y la poesía, y todas las palabras que aletean en nuestros ojos y nos ayudan a pensar y a soñar. Los blindados del Papa han atravesado ya la frontera y dentro de poco rugirán en nuestras calles. Mañana ya no estaremos juntos. Tal vez seamos afortunados y nuestra muerte sea rápida. RadioLac no tiene derecho a poseer un alma; eso dicen encaramados en sus tanques los apóstoles de la nueva religión. Pero nuestra alma habéis sido vosotros. Estaremos en vuestra memoria. No nos olvidéis.

Última emisión de RadioLac

jueves, 12 de noviembre de 2009

Giordano Bruno


"Si Dios es infinito, y sus poderes son infinitos, entonces debe haber un número infinito de mundos".

Giordano Bruno

martes, 10 de noviembre de 2009

RadioLac /1


"La muerte no es exigente.
No pide ni héroes ni esclavos.
Se come lo que le dan".

Philippe Claudel


Preparad vuestras banderas para recibir a los nuevos cruzados, buscad vuestras prendas de luto porque el funeral se aproxima. Esta vez nos toca a nosotros. Sí, somos importantes, nuestra ciudad ha sido durante mucho tiempo un símbolo de la civilización, por eso nuestra pena será más dura. No esperéis nada, simplemente tratad de morir con dignidad, y recordad: lo que nos van a ofrecer no lo es, no es digno. La aberración jamás podrá serlo. Ayer había en el mundo decenas de miles de seres humanos más que hoy; ahora son almas benditas que han partido a la espera del Señor, ha dicho Su Santidad, porque todos aceptaron el sacrificio y la vida eterna. Pero hoy sólo tenemos seguro el sacrificio. Ya sabéis lo que eso significa y si no, no importa. Mañana las banderas negras ondearán en el Estadio de Rouen. Será un hermoso contraste con la pureza de la nieve, ya lo veréis. Sobre nosotros se ha posado el ave oscura del fanatismo y la irracionalidad...

Última emisión de RadioLac

domingo, 8 de noviembre de 2009

... de Claudel


"Durante noches así he aprendido que los muertos nunca abandonan a los vivos. Se reencuentran sin haberse conocido. Se reúnen. Vienen a sentarse al borde de nuestra cama, nos acarician la frente, a veces incluso pasan su desollada mano por nuestras mejillas. Intentan abrir nuestros párpados y cuando lo consiguen, seguimos sin verlos."

Philippe Claudel

viernes, 6 de noviembre de 2009

Brevedades fantásticas /y 5


LA MUJER se acercó la taza a los labios. Apenas había dado un sorbo a la infusión hirviente, cuando uno de sus ojos le resbaló por la mejilla y se sumergió en el líquido humeante. Apurada, dejó la taza sobre la mesa, y agitando los brazos, empezó a gritar: “¡Me quemo, me quemo!”

miércoles, 4 de noviembre de 2009

... de Flaubert




"La vida es una cosa horrible. Es como una sopa en la que flotan muchos pelos, y que no hay más remedio que comerse".

Gustave Flaubert

lunes, 2 de noviembre de 2009

Brevedades fantásticas /4

EL CARTERISTA se aproximó con disimulo a su víctima. Se detuvo detrás de ella y con un ágil aletear de dedos abrió la cerradura del bolso. Despacio, muy despacio fue introduciendo la mano en él y comenzó a tantear en su interior. De repente un tremendo escozor le atenazó la muñeca. El semáforo cambió y la señora del bolso empezó a caminar mientras le lanzaba una mirada. Una sonrisa irónica asomó a los labios de la mujer. El carterista quiso gritar que le robaban la mano, pero cayó al suelo antes de poder hacerlo, muerto de vergüenza.

sábado, 31 de octubre de 2009

Brevedades fantásticas /3


EL TIPO del cuadro se parecía mucho a mí. Sí, sí que se parecía. Si me hubiera dejado una perilla y colocado unas antiparras como las suyas, se habría podido decir que éramos la misma persona. Pero la pintura era de 1646, así que el hombre del cuadro estaba muerto y bien muerto. Y desde hacía mucho tiempo. Mientras me dirigía hacia la salida del museo, todos comenzaron a mirarme de una forma extraña. El agente de seguridad corrió detrás de mí. “¡Oiga, vuelva usted al cuadro ahora mismo!”, chillaba. Pensé que sería mejor hacerle caso.

jueves, 29 de octubre de 2009

... de Kristof


"-[...]¿Crees sinceramente en lo que dices?
-Estoy obligado a creer.
-Pero, en lo más profundo de ti mismo, ¿qué piensas?
-No pienso. No puedo permitirme ese lujo. Llevo el miedo en mi interior desde la infancia".

...

"[...]Le digo que, si está muerto, tiene suerte y que me encantaría estar en su lugar. Le digo que a él le ha correspondido la mejor parte, que yo debo llevar la carga más pesada. Le digo que la vida es de una futilidad total, que no tiene sentido, es aberración, sufrimiento infinito, invento de un No-Dios cuya maldad rebasa la comprensión".

Agota Kristof

martes, 27 de octubre de 2009

La isla de los circuncidados

Aquel endemoniado pajarraco me estaba picoteando el ojo izquierdo. El derecho ya se lo habían comido el día anterior, en las primeras horas de la mañana, mientras la flota entraba en el puerto de Mesina. Mi cuerpo llevaba tres días colgado (por el cuello, maticémoslo como aclaración obligada) del mástil de la galera, para escarmiento y aviso de los infractores de las normas y demás elementos asociales. Durante esos tres días, primero la lluvia, luego el viento arrastrando la salobre agua, y finalmente, el sol castigador del Mediterráneo habían resecado mi piel, convirtiendo mi antes hermoso cuerpo en un guiñapo informe.
Tampoco es que hubiera excesiva ceremonia durante la ejecución; me subieron a empellones a la plataforma, apretaron el lazo en torno a mi cuello y tiraron del otro extremo de la cuerda. Así me fui elevando poco a poco hasta ocupar mi actual posición de discutible privilegio.
La verdad es que tardé bastantes minutos en morir, pero el trámite no fue doloroso en extremo. Tal vez al principio, mientras me iban subiendo. Pataleé, como corresponde a todo buen ahorcado, pero luego, ya arriba, me sumergí en una especie de quietud, arrullado por el rumor del mar y los gritos de las gaviotas cabalgando por el aire. Pude contemplar como los cirros ocultaban porciones de cielo azul a medida que se me escapaba la vida. La muerte me llegó cuando las primeras gotas de lluvia comenzaron a humedecer mi amoratado rostro; el cielo se volvió negro, sentí un mareo enorme, tuve la sensación de estar cayendo.
Y así fue como me convertí en fantasma.
Cuando recuperé la conciencia (o lo que sea que se supone que tiene un fantasma) estaba sobre la cubierta, observando como mi cuerpo se balanceaba, con dos gaviotas sobre la cabeza, las cuales se estaban dando el banquete de su vida con mis ojos; ora picoteaba una, ora la otra. Encantador, una escena realmente deliciosa. Y se preguntarán vuestras mercedes cuál fue el horrible delito que me condujo a tan peculiar coyuntura, un tanto ambigua, por otra parte. Pues bien, deben conocer que en la Armada comandada por el Hermanastro de Su Majestad no se permiten una serie de perversiones (o diversiones, que todo depende del punto de vista) entre ellas la sodomía. Pero también es verdad que lo más parecido a una mujer es un hombre y que después de varias semanas embarcado, sin pisar tierra… Y mi joven sirviente era tan sensible, delicado e inocente… En fin, el pobre muchacho tampoco salió bien parado de la aventura. Creo que lo arrojaron por la borda unas horas antes de ajusticiarme. Al menos espero que su alma obtenga el descanso eterno. La mía, sin embargo, tiene un trabajo que realizar durante los próximos años, para mayor gusto y placer del capitán de la galera. Porque a partir de esta noche, y todas las que sigan hasta el día de su muerte, me verá aparecer en su cama, siempre a medianoche, y podrá gozar de una sodomización espectral.

sábado, 24 de octubre de 2009

... de Pizarnik, otra vez


"Ella no sintió miedo, no tembló nunca. Entonces, ninguna compasión ni emoción ni admiración por ella. Sólo un quedar en suspenso en el exceso del horror, una fascinación por un vestido blanco que se vuelve rojo, por la idea de un absoluto desgarramiento, por la evocación de un silencio constelado de gritos en donde todo es la imagen de una belleza inaceptable.
Como Sade en sus escritos, Gilles de Rais en sus crímenes, la condesa Báthory alcanzó, más allá de todo límite, el último fondo del desenfreno. Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible".

Alejandra Pizarnik

Ilustración: Santiago Caruso

jueves, 22 de octubre de 2009

... de Pizarnik


"Un conocido filósofo incluye los gritos en la categoría del silencio. Gritos, jadeos, imprecaciones, forman una "sustancia silenciosa". La de este subsuelo es maléfica. Sentada en su trono, la condesa mira torturar y oye gritar. Sus viejas y horribles sirvientas son figuras silenciosas que traen fuego, cuchillos, agujas, atizadores; que torturan muchachas, que luego entierran. Como el atizador o los cuchillos, esas viejas son instrumentos de una posesión. Esta sombría ceremonia tiene una sola espectadora silenciosa".

Alejandra Pizarnik
Ilustración: Santiago Caruso

miércoles, 21 de octubre de 2009

... de Vonnegut


"La verdad es la muerte... Yo he luchado valientemente contra ella, tanto como he podido... He bailado con ella, la he abrazado, la he cubierto de flores... La he adornado con cintas..."

Kurt Vonnegut

martes, 20 de octubre de 2009

... de Shakespeare


"La vida es sólo una sombra caminante,
un mal actor que, durante su tiempo,
se agita y se pavonea en la escena,
y luego no se le oye más. Es un cuento
contado por un idiota, lleno de ruido y
furia y que no significa nada".

"Out, out, brief candle!
Life's but a walking shadow, a poor player
that struts and frets his hour upon the stage.
And then is heard no more. It is a tale
told by an idiot, full of sound and fury,
signifying nothing".

William Shakespeare

lunes, 19 de octubre de 2009

... de Pirandello




"[...] todos vivimos vidas que no queremos vivir, y andamos deambulando por la tierra en busca de un autor que pueda darnos otra vida mejor".

Luigi Pirandello

sábado, 17 de octubre de 2009

Brevedades fantásticas /2


NUESTRAS VENTANAS se vigilaban sobre el patio de luces. Cada noche, a la misma hora, mi vecino encendía la solitaria fluorescente de su cocina. Le veía trastear mientras parecía prepararse algo de cena. Luego pasaba al comedor, se sentaba a la mesa y allí contemplaba su plato, siempre vacío, durante un largo rato. Después las lámparas de su domicilio se apagaban, pero podía apreciar el brillo de sus ojos observándome desde el fondo del salón. Ayer me lo encontré en la escalera y me invitó a cenar en su casa. No sé por qué, pero no fui capaz de rechazar el ofrecimiento. De todas formas debí traer algo para abrigarme. En esta nevera hace mucho frío.


Ilustración: Ana Trello

miércoles, 14 de octubre de 2009

Endura

En el cielo no había luna, sólo el tenue fulgor de miles de estrellas rompía la oscuridad. Miró a su alrededor y todo estaba negro; todo, excepto sus manos. Podía ver sus manos, blancas, dos enormes mariposas que aleteaban en aquel mar de tinta. Las acercó a sus ojos, pensó que sus manos se acercaban a sus ojos, y éstas se aproximaron con las palmas vueltas hacia el cielo. Habían de ser suyas, por fuerza; obedecían a su voluntad, sin embargo no eran como las recordaba. Aquellas dos manchas blanquecinas eran más pequeñas, de una manera sutil, como si tuvieran menos años, como si aún no hubiesen vivido, como si todavía no hubieran tenido la oportunidad de herir y ser heridas.
Levantó la cabeza y atisbó hacia algún punto en el interior de la negrura. Las tinieblas continuaban guardando su secreto, no permitían que el hombre supiera dónde se hallaba, escoltaban su misterio, fieles sicarios del futuro. De pronto sus ojos captaron una ondulación en el aire negro, una voz cabalgaba en la cresta de aquella ola, una voz que portaba su nombre. Entonces recordó.

... de Maalouf


"Cualquier teoría de la Historia es hija de su tiempo; para entender el presente, resulta muy instructiva; aplicada al pasado, vemos que es aproximativa y parcial; si la proyectamos hacia el futuro, se convierte en azarosa y, a veces, destructiva".

Amin Maalouf

"La tinta del sabio vale más que la sangre del mártir".

Corán

"Al mundo sólo lo mantiene el aliento de los niños que estudian".

Talmud

lunes, 12 de octubre de 2009

... de Marx


"[...] El padecimiento religioso es también la expresión de un padecimiento real y una protesta contra ese padecimiento. La religión es la queja de la criatura oprimida, la sensación de un mundo sin corazón y el alma de un mundo desalmado. Es el opio del pueblo".

Karl Marx

jueves, 8 de octubre de 2009

Nieve sucia /y 2

— Ayúdame —balbuceó mientras la sangre le resbalaba por la barbilla.
— ¿Dónde lo tienes? —preguntó el guardia con un hilo de voz cortante.
— Por favor, ayúdame —repitió el herido. Como si recordara algo giró la cabeza hacia el coche y volvió a mirar a Matías—. ¿Cómo está ella?
Matías ignoró la pregunta. Se inclinó sobre el herido. Sus labios casi rozaron la magullada mejilla del hombre.
— Responde. Y rápido. Si no avisamos a los de urgencias no vais a durar mucho —susurró despacio, poniendo de manifiesto lo obvio.
— Eres un hijo de puta —dijo el herido tratando de escupir su odio en el rostro del policía. Matías se incorporó y se acercó al vehículo. Lo rodeó despacio, como si estuviera valorando su futura adquisición. Se detuvo delante del asiento del copiloto y miró hacia la carretera; sólo se veían las ráfagas de emergencia del coche patrulla. Desenfundó su pistola y apuntó hacia el cuerpo de la mujer a través del parabrisas destrozado. De la garganta del hombre manó un grito en el que se mezclaban una negación desgarrada y un sollozo sin esperanza. Matías regresó a su lado, apoyó una rodilla en el barro y repitió la pregunta.
— ¿Dónde está?
— En el maletero. Ahí lo tienes —respondió abatido. La cabeza del hombre se derrumbó. La frente se marchitó sobre la tierra negra y sus lágrimas se desbordaron sobre el fango helado. No había mentido. Matías sopesó la bolsa de deporte y la abrió. Un rápido vistazo hizo que sus ojos se endurecieran con el brillo del triunfo. Volvió donde el hombre y de un fuerte culatazo en la cabeza lo dejó inconsciente.
El agente lanzó un suspiro prolongado que se quebró en un amago de risa. Recuperó la chapa que había arrancado de la carrocería y con tres golpes certeros desgarró la piel y el músculo hasta seccionar la arteria femoral del hombre. El chorro de sangre trazó un arco y su vida se perdió en la oscuridad de la noche, más allá del cono de luz blanca de la linterna. Una muerte rápida. Unos minutos impacientes y todo había acabado.
Matías miró hacia lo alto del terraplén; el vehículo policial continuaba disolviendo la realidad a su alrededor. Dio una voz de aviso e hizo una señal hacia su compañero.
— ¡Germán! ¡Ya lo tengo! Baja y échame un cable… Éste aún vive…
Germán se llevó la mano a los ojos tratando de esquivar la vena blanca que le apuntaba desde el fondo del barranco; hundió los pies en la nieve sucia y comenzó a descender.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Necios

"El problema que aqueja al mundo es que los necios y los fanáticos siempre están seguros de sí mismos, mientras que los sabios siempre están llenos de dudas."
Bertrand Russell

"En presencia de un necio sin fisuras estamos perdidos."
Norman Mailer

Nieve sucia /1

El coche patrulla se detuvo en el arcén con un frenazo nervioso. Dos guardias descendieron del vehículo; sus miradas penetraron en las volutas de azar que escapaban de sus labios y volaron hacia el silencio blanco y pesado que ocupaba la noche. El crujido de la nieve bajo sus botas rebotó en un cielo negro que se derramaba indiferente a su alrededor. Los vapores del tubo de escape reptaron por el asfalto bruñido, se enroscaron en las piernas de los hombres, y cabalgaron por el aire helado hasta fundirse con el alba de los faros.
El conductor hizo un gesto afirmativo con la cabeza y se aproximó al lugar en el que un tramo de quitamiedos había desaparecido; su compañero se quedó atrás, atento a los chasquidos de la emisora de radio y a la carretera.
—¿Cómo están, Matías? —gritó desde más allá del velo pálido de su aliento.
Matías iluminaba con una linterna la barranca. Restos metálicos punteaban el desmonte; en la vaguada descansaba el coche que habían estado persiguiendo durante la última media hora.
—¡Matías, joder! ¡Contesta! —insistió de nuevo el agente con un asomo de histeria en su voz.
—No lo sé, Germán, y deja de gritar. Tú ocúpate de espantar a cualquiera que pase por aquí —respondió Matías. Se dio la vuelta y le miró. Sus ojos sin párpados reflejaron el frío. Los destellos crudos de las luces de emergencia intensificaron la rigidez de su rostro—. Dame diez minutos y después avisa a las asistencias médicas.
Matías devolvió su atención a lo que sucedía en la hondonada. “Tocas a muerto, cabrón”, apenas murmuró el agente; los golpes que partían del automóvil accidentado sonaban como los tañidos de una campana resquebrajada. La puerta brincó y se desprendió de sus goznes. Desde la oscuridad del caparazón abollado salió un hombre tambaleándose. Dio unos pocos pasos a la deriva, cayó de rodillas y se derrumbó sobre la tierra congelada.
Matías salvó de un salto la valla destrozada y bajó por el talud. El halo de la linterna se difuminaba hasta desvanecerse para amanecer después con fuerza, escoltando los pasos y resbalones del policía por entre el barro y la nieve. Ignoró al hombre caído y se acercó a la puerta del acompañante. Echó un vistazo al interior; la mitad del trabajo ya estaba hecho. Deslizó el haz del foco sobre los restos humeantes del vehículo hasta que encontró lo que buscaba. Con dos bruscos tirones consiguió desgajar una tira metálica de la carrocería.
El conductor parpadeó al percibir el chorro de luz sobre su cara; tenía un corte profundo en la pierna derecha; el brazo del mismo lado se doblaba en una forma poco natural. Una fuerte patada en el vientre, y el hombre se vio arrojado al frío y a la negrura. Los ojos se le despeñaron entre las sombras de la incomprensión cuando vieron su brazo muerto oscilar como un badajo sin voz.

lunes, 5 de octubre de 2009

El loro que olvidó hablar

El loro paseaba triste y pensativo por las almenas de la torre más alta del castillo. Era un loro viejo, y por viejo, quizá también sabio. Así, había conseguido la sabiduría que sólo se adquiere con la tristeza como amiga y la soledad como refugio.

Aprendió a hablar con un pirata de barbas trenzadas y teñidas de añil, hace muchos años, cuando no era un loro viejo ni, quizá, sabio. Al principio sólo sabía decir “Al abordaje” y “Sin piedad”. Con el tiempo aprendió frases más complicadas y amenazadoras. Cuando los soldados del rey capturaron el barco pirata y colgaron a su dueño, le pareció oportuno, y quizá sabio, cambiar el tono de su conversación.

Después de varios días de orfandad, durante los cuales revoloteó desde la cofa al bauprés, desde bauprés al trinquete y vuelta a la cofa temiendo por su vida, rehuyendo las miradas aviesas, y quizá hambrientas, de los marineros, la hija del capitán que había ajusticiado al pirata se encariñó con él. Lo recogió con sus manos pequeñas y cálidas, y lo llevó a la fortaleza donde vivía con su padre en la Isla de Poniente.

El loro se enamoró de la niña. Un amor quizá imposible, y seguro desesperado, porque entre los piratas no había aprendido jamás palabras de amor con las que acariciar sus hombros. El loro pensó que si le decía algo como “Te voy a cortar el cuello”, ésta lo expulsaría de su nuevo hogar. Y si le llegara a oír el capitán entonces serían sus plumas, y quizá su vida, las que peligrarían. Así que el loro enmudeció. Durante muchos años no abrió el pico, y todos en la ciudadela se fueron olvidando de él. También la niña. Y de igual manera el loro fue olvidando aquellas frases salvajes, pero a cambio nunca aprendió a hablar de amor.

Con el tiempo la niña creció y se convirtió en una joven casadera. Y pronto apareció un pretendiente.

La mañana en que ambos partían hacia la Isla Grande, el loro pronunció sus últimas palabras; las únicas que, quizá, aún no había olvidado; las últimas que dijo el pirata antes de pender de la soga. “Os maldigo”, gritó el loro. Desde aquel momento su vida, además de triste y solitaria, fue la de un fugitivo. El capitán le persiguió con saña y el loro solamente pudo salvarse volando hasta la torre más alta, fuera del alcance de pistolas y arcabuces. Desde allí vio cómo el barco en el que partían la niña y su prometido era asaltado por corsarios y se hundía entre llamas y olas. Nadie se salvó. Tampoco la niña.

El capitán y su séquito, desolados, abandonaron para siempre el castillo unas semanas más tarde, pero el loro nunca voló a otras tierras. Aún se pasea triste y pensativo por las almenas; y trata de encontrar una palabra que, quizá, no exista; una palabra que ya no servirá de nada.

domingo, 4 de octubre de 2009

... de Khadra

"Ya era puro milagro que apareciéramos vivos, y de noche, cuando nos disponíamos a dormir, nos preguntábamos si no sería mejor cerrar los ojos de una vez por todas [...]"

"Los hombres sólo inventaron a Dios para entretener a sus demonios."

"Cada hombre es su propio dios. Al elegir a otro es cuando reniega de sí mismo y se vuelve ciego e injusto."

Yasmina Khadra









jueves, 1 de octubre de 2009

En el espejo


"Adiós -dijo el moribundo al espejo que tenía enfrente-. No volveremos a vernos"
Paul Valéry

Durante las últimas semanas, cada vez que miraba el espejo y en él contemplaba reflejada la imagen del cuadro, veía ir creciendo esa estructura, difusa al principio. Al terror de ver aparecer en la imagen algo distinto y no existente en el original, inmutable entonces y ahora, se sumó el reconocimiento de aquello que allí crecía. Un patíbulo. Noche a noche he contemplado el reflejo del cuadro, anhelando sorprender a sus constructores, pero siempre he sucumbido al sueño o al hechizo. Esta noche era la última, lo sabía. El patíbulo ya está terminado. La gente ha desaparecido de la plaza. Sólo una figura solitaria permanece, en actitud claudicante y humillada, ascendiendo las escaleras del cadalso. Sé de quién se trata. Sé que mañana, cuando amanezca, yo seré el protagonista en el cuadro del espejo y penderé de la soga, ahorcado, víctima de esta inexplicable maldición.

martes, 29 de septiembre de 2009

La mujer de Lot

"Pero ella se volvió para mirar, y eso fue lo que me gustó. ¡Es tan humano!"
Kurt Vonnegut


La caravana se detuvo y se agrupó a la sombra de unos peñascos. Las mujeres hicieron amago de bajarse de las mulas, pero Lot las detuvo con un gesto de la cabeza. No, dijo, hemos de continuar. Recordad las órdenes que nos dieron los ángeles del Señor. La mujer de Lot lo miró a los ojos y después su mirada resbaló hacia el cuerpo tembloroso que se ocultaba detrás de él. Recuérdalas tú también, dijo ella. A Lot se le descompuso el rostro en una mueca en la que se cincelaban la turbación y la cobardía, una vez más. Henok percibió en su mejilla el súbito endurecimiento de los músculos de su amo, tensos como el arco que se prepara a herir el cielo con sus flechas. Lot carraspeó, tosió, titubeó antes de hablar. Como cuando me arrojó de su casa, pensó Henok. El olor, su olor, sin embargo no era como entonces, ahora era mucho más denso, como si se hubiera destilado en las gotas de sudor que cubrían su cara. Un olor intensamente salado, tanto que había conseguido apagar el del azufre. El corazón le golpeaba en el pecho con el mismo ritmo que el rumor que inundaba el horizonte y se desplomaba sobre Sodoma. Qué sucede con la ciudad, Henok, hijo. Dínoslo, nosotros no nos atrevemos a mirar. Hazlo tú y cuéntanos.

Henok se bajó de la mula. La mujer de Lot y sus hijas se habían cubierto la cabeza con un manto. Lot permaneció sobre su montura con los ojos clavados en algún lugar lejano más allá de la tierra reseca que se extendía a su alrededor, más allá de Henok. Éste levantó la vista y miró el rostro de su amo, sabía que de alguna manera la traición se ocultaba en sus palabras.

Mira, Henok, mira y cuéntanos, repitió Lot.

Y Henok obedeció a Lot. Las lágrimas le nublaron la vista, le resbalaron sobre las mejillas, y gotearon sobre sus labios. Y le supieron a sal.


lunes, 28 de septiembre de 2009

Brevedades fantásticas /1

MARIVÍ se ató un extremo de la cuerda al cuello. Después sujetó el otro a la lavadora con varias vueltas y nudos. Fue hasta la ventana del cuarto y la abrió. El ruido del tráfico espantó una idea de su mente, algo tal vez no muy importante, pero que ahora se le escapaba entre el vericueto de ruedas y pies que serpenteaba sobre el asfalto. Aquel olvido le causó un leve desasosiego que trató de desterrar de su estómago encaramándose en el alféizar. Contó los diez pisos que le separaban de la calle. La soga detendría su caída a la altura del segundo piso. Lo había calculado. Justo delante del dormitorio de Cayetana Martínez. Y Cayetana no estaría sola. No. Eso también lo había calculado. “Estará con el cabrón de mi marido”, se sonrió. Echó un último vistazo a la alcoba, aspiró una bocanada de aire y se arrojó al vacío. Cuando pasaba por delante de la ventana de Maite, la del 4º, recordó que la lavadora estaba llena de ropa sucia.

domingo, 27 de septiembre de 2009

... de Chaves Nogales


"Y murió batiéndose heroicamente por una causa que no era la suya. Su causa, la libertad, no había en España quien la defendiese."

Manuel Chaves Nogales

"El mérito de Chaves fue decir lo que dijo cuando lo dijo. Muchos al encontrarse con las palabras de Chaves advirtieron de inmediato no sólo su valentía sino su clarividencia y su oportunidad. El transcurso posterior de los hechos no hizo sino darle la razón."

"[...] en tanto encontramos en las crónicas de Chaves Nogales la desinteresada e inteligente reflexión de quien supo que el mayor pecado que un hombre podía cometer en aquellos años era mantenerse libre."

Andrés Trapiello

sábado, 26 de septiembre de 2009

La carta más esperada

Contraviniendo las ordenanzas municipales, se hallaba sentado en el cañón. Escrutaba el horizonte del mar desde la antigua fortaleza esperando con ansiedad la llegada del barco. No debió hacerlo durante mucho tiempo. Enseguida divisó un hilo de humo blanco cimbreándose en el aire.

Ansiaba verlo llegar, el tráfago en el puerto. El griterío y el movimiento en la cubierta acompañando al amarre de la nave. Intuía que aquel vapor traería cartas de ella. Y en sus letras, acompañadas de las noticias de la metrópoli, su voz clara e inconfundible: “Te echo de menos…” “Me gustaría estar ahí contigo…”

Sentado en el cañón imaginaba su sonrisa, su alegría contagiosa. Pero todavía quedaba lejano en el tiempo el encuentro. La brisa besaba su rostro.

La carta llegó, sepia, con tinta azul, con aquella tinta azul que sólo ella utilizaba, de un azul extraño, lejano, pero de ella.

La carta llegó, pero no decía que le echaba de menos, ni que le quería, ni siquiera que se acordaba de sus aficiones, le confesaba su repugnancia, asco, cansancio. Empezó con sinceridad, acabó católicamente.

Tras sus ojos, decidió informarse de su nueva situación. Ya no le quería, sentía que estuviera lejos, que las cartas fueran tardías y que sufriera, pero la vida es así, ella —su novia, su amor— ya no le quería. Lo hacía con otro, un ingeniero escandinavo que no le pedía explicaciones.

Sus dedos se cerraron en un puño y en su interior las letras de tinta azul chorrearon como si fuesen lágrimas. Su brazo restalló como un látigo cuando arrojó el papel arrugado a las fangosas aguas del puerto.

Se emborrachó en la taberna de Hopper. Cada vaso de ron se mezclaba con una de las palabras de desprecio; cada vez que su mano le llevaba el licor a los labios, la sangre le latía con más fuerza. Bastó una palabra para que alguien muriera en aquel tugurio.

Huyó entre la nube de pólvora y se tambaleó por callejas oscuras y malolientes.

Los zapatos de sus perseguidores atronaban las calles con sus zancadas violentas. Él chapoteaba por los charcos, tropezaba con sus propios pasos. Le arrinconaron en el muelle, sólo tenía una salida. El vapor dormitaba mecido por las olas, el agua oscura le ofreció su mejor refugio. Saltó de pie y mientras se hundía envuelto en la negrura creyó ver titilando en algún punto el brillo blanco de la carta.

LTLG

Numancia 06/09/2009